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miércoles, 25 de octubre de 2017

Mi Hemingway personal - Gabriel García Márquez, periódico El País



GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
29 JUL 1981

Mi Hemingway personal

Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary WeIsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido 59 años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda el hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir.Por una fracción de segundo -como me ha ocurrido siempreme encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de Prensa o sólo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reservas. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante. sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: «Maeeeestro». Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: «Adioooos, amigo». Fue la única vez que lo vi.

Yo era entonces un periodista de veintiocho años, con una novela publicada y un premio literario en Colombia, pero estaba varado y sin rumbo en París. Mis dos maestros mayores eran los dos novelistas norteamericanos que parecían tener menos cosas en común. Había leído todo lo que ellos habían publicado hasta entonces, pero no como lecturas complementarlas, sino todo lo contrario: como dos formas distintas y casi excluyentes de concebir la literatura. Uno de ellos era William Faulkner, a quien nunca vi con estos ojos y a quien sólo puedo imaginarme como el granjero en mangas de camisa que se rascaba el brazo junto a dos perritos blancos, en el retrato célebre que le hizo Cartier Bresson. El otro era aquel hombre efímero que acababa de decirme adiós desde la otra acera, y me había dejado la impresión de que algo había ocurrido en mi vida, Y que había ocurrido para siempre.

No sé quién dijo que los novelistas leemos las novelas de los otros sólo para averiguar cómo están escritas. Creo que es cierto. No nos conformamos con los secretos expuestos en el frente de la página, sino que la volteamos al revés, para descifrar las costuras. De algún modo imposible de explicar desarmamos el libro en sus piezas esenciales y lo volvemos a armar cuando ya conocemos los misterios de su relojería personal. Esa tentativa es descorazonadora en los libros de Faulkner, porque éste no parecía tener un sistema orgánico para escribir, sino que andaba a ciegas por su universo bíblico como un tropel de cabras sueltas en una cristalería. Cuando se logra desmontar una página suya, uno tiene la impresión de que le sobran resortes y tornillos y que será imposible devolverla otra vez a su estado original. Hemingway, en cambio, con menos inspiración, con menos pasión y menos locura, pero con un rigor lúcido, dejaba sus tornillos a la vista por el lado de fuera, como en los vagones de ferrocarril. Tal vez por eso Faulkner es un escritor que tuvo mucho que ver con mi alma, pero Hemingway es el que más ha tenido que ver con mi oficio.

No sólo por sus libros, sino por su asombroso conocimiento del aspecto artesanal de la ciencia de escribir. En la entrevista histórica que le hizo el periodista Georges Plimpton para París Review enseñé para siempre -con,tra el concepto romántico de la creación- que la comodidad económica y la buena salud son convenientes para escribir, que una de las dificultades mayores es la de organizar bien las palabras, que es bueno releer los propios libros cuando cuesta trabajo escribir para recordar que siempre fue difícil, que se puede escribir en cualquier parte siempre que no haya visitas ni teléfono, y, que no es cierto que el periodismo acabe con el escritor, como tanto se ha dicho, sino todo lo contrario, a condición de que se abandone a tiempo. «Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer -dijo-, sólo la muerte puede pcnerle fin». Con todo, su lección que el descubrimiento de que el trabajo de cada día sólo debe interrumpirse cuando ya se sabe cómo se va a empezar al día siguiente. No creo que se haya dado jamás un consejo más útil para escribir. Es, ni más ni menos, el remedio absoluto contra el fantasma más temido de los escritores: la agonía matinal frente a1a página en blanco.

Toda la obra de Heminway demuestra que su aliento era genial, pero de corta durición. Y es comprensible. Una tensión interna como la suya, sometida a un dominio técnico tan severo, es insostenible dentro del ámbito vasto y azaroso de una novela. Era una condición personal, y el error suyo fue haber intentado rebasar sus límites espléndidos. Es por eso que todo lo superfluo se nota más en él que en otros escritores. Sus novelas parecen cuentos desmedidos a los que les sobran demasiadas cosas. En cambio, lo mejor que tienen sus cuentos es la impresión que causan de que algo les quedó faltando, y es eso precisamente lo que les confiere su misterio y su belleza. Jorge Luis Borges, que es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo, tiene los mismos límites, pero ha tenido la inteligencia de no rebasarlos.

Un solo disparo de Francos Macomber contra el león enseña tanto como una lección de cacería, pero también como un resumen de la ciencia de escribir. En algún cuento suyo escribió que un toro de lidia, después de pasar rozando el pecho del torero, se revolvió «como un gato volteando una esquina». Creo, con toda humildad, que esa observación es una de las tonterías geniales que sólo son posibles en los escritores más lúcidos. La obra de Hemingway está llena de esos hallazgos simples y deslumbrantes, que demuestran hasta qué punto se ciñó a su propia definición de que la escritura literaria -como el iceberg- sólo tiene validez si está sustentada debajo del agua por los siete octavos de su volumen.

Esa conciencia técnica será sin duda la causa de que Hemingway no pase a la gloria por ninguna de sus novelas, sino por sus cuentos más estrictos. Hablando de Por quién doblan las campanas, él mismo dijo que no tenía un plan preconcebido para componer el libro, sino que lo inventaba cada día a medida que lo iba escribiendo. No tenía que decirlo: se nota. En cambio, sus cuentos de inspiración instantánea son invulnerables. Como aquellos tres que escribió en la tarde de un 16 de mayo en una pensión de Madrid, cuando una nevada obligó a cancelar la corrida de toros de la feria de San Isidro. Esos cuentos -según él mismo le contó a George Plimpton- fueron Los asesinos, Diez indios y Hoy es viernes, y los tres son magistrales.

Dentro de esa línea, para mi gusto, el cuento donde mejor se condensan sus virtudes es uno de los más cortos: Un gato bajo la lluvia. Sin embargo, aunque parezca una burla de su destino, me parece que su obra más hermosa y humana es la menos lograda: Al otro lado del río y entre los árboles. Es, como él mismo reveló, algo que comenzó por ser un cuento y se extravió por los manglares de la novela. Es difícil entender tantas grietas estructurales y tantos errores de mecánica literaria en un técnico tan sabio, y unos diálogos tan artificiales y aun tan artificiosos en uno de. los más brillantes orfebres de diálogos de la historia de las letras. Cuando el libro se publicó, en 1950, la crítica fue feroz. Porque no fue certera. Hemingway se sintió herido donde más le dolía, y se defendió desde La Habana con un telegrama pasional que no pareció digno de un autor de su tamaño. No sólo era su, mejor novela, sino también la más suya, pues había sido escrita en los albores de un otoño incierto, con las nostalgias irreparables de los años vividos y la premonición nostálgica de los pocos años que le quedaban por vivir. En ninguno de sus libros deja tanto de sí mismo ni consiguió plasmar con tanta belleza y tanta ternura el sentimiento esencial de su obra y de su vida: la inutilidad de la victoria. La muerte de su protagonista, de apariencia tan apacible y natural, era la prefiguración cifrada de su propio suicidio.

Cuando se convive por tanto tiempo con la obra de un escritor, y de este modo tan intenso y entrañable, uno termina sin remedio por revolver su ficción con su realidad. He pasado muchas horas de muchos días leyendo en aquel café de la Place de Saint Michel que él consideraba bueno para escribir, porque le parecía simpático, caliente, limpio y amable, y siempre he esperado encontrar otra vez a la muchacha que él vio entrar una tar de de vientos helados, que era muy bella y diáfana, con el pelo cortado en diagonal, como un ala de cuervo. «Eres mía y París es mío», escribió para ella, con ese inexorable poder de apropiación que tuvo su literatura. Todo lo que describió, todo instante que fue suyo, le sigue perteneciendo. para siempre. No puedo pasar por el número 12 de la calle del Odeón, en París, sin verlo a él conversando con Sylvia Beach en una librería que ya no es la misma, ganando tiempo hasta que fueran las seis de la tarde por si acaso llegaba James Joyce. En las praderas de Kenya, con sólo mirarlas una vez, se hizo dueño de sus búfalos y sus leones, y de los secretos más intrincados del arte de cazar. Se hizo dueño de toreros y boxeadores, de artistas y pistolero que sólo existieron por un instante, mientras fueron suyos. Italia, España, Cuba, medio mundo está lleno de los sitios de los cuales se apropió con sólo mencionarlos. En Cojímar, un pueblecito cerca de La Habana donde vivía el pescador solitario de El viejo y el mar, hay un templete conmemorativo de su hazaña con un busto de Hemingway pintado con barniz de oro. En Finca Vigía, su refugio cubano donde vivió hasta muy poco antes de morir, la casa está intacta entre los árboles sombríos, con sus libros disímiles, sus trofeos de caza, su atril de escribir, sus enormes zapatos de muerto, las incontables chucherías de la vida y del mundo entero que fueron suyas hasta su muerte, y que siguen viviendo sin él con el alma que les infundió por la sola magia de su dominio. Hace unos años entré en el automóvil de Fidel Castro -que es un empecinado lector de literatura- y vi en el asiento un pequeño libro empastado en cuero rojo. «Es el maestro Hemingway», me dijo. En realidad, Hemingway sigue estando donde uno menos se lo- imagina -veinte años después de muerto-, tan persistente y a la vez tan efimero como aquella mañana, que quizá fue de mayo, en que me dijo adiós, amigo, desde la acera opuesta del bulevar de Saint Michel.

Copyright 1981. Gabriel García Márquez-ACI

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de julio de 1981






Frases de Ernest Hemingway

Les paso algunas de las  celebres frases que aventó Ernest Hemingway durante su vida, no cabe duda que experiencia tenía y aquí lo deja claro.



  • Escribe Borracho, edita sobrio.

  • La mejor forma de averiguar si puedes confiar en alguien es confiar en el.

  • Al terminar un cuento me sentía siempre vaciado y a la vez triste y contento, como si hubiese hecho el amor, aunque para saber si era bueno tendría que esperar a releerlo al día siguiente.

  • El vino es una de las cosas mas civilizadas del mundo.

  • Si dos personas se quieren , no puede haber final feliz.

  • Trata de no pedir prestado, primero pides prestado ; luego pides limosna.

  • La obra  clásica es un libro que todo mundo admira, pero que nadie lee.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Cosas que no sabías de Ernest Hemingway

“Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido 59 años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda él hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos”.

Gabriel García Márquez se encontró con Hemingway una tarde de 1957, sobresaltado por la oportunidad de conocer a uno de los más grandes de la literatura, el colombiano se enfrentó a la decisión de entrevistarlo o mostrarle su admiración. Gabo platica, en una columna de El País de 1981, que ante su “inglés rudimentario” y la poca seguridad del “español de torero” de Hemingway, decidió saludarlo desde la otra acera. Así, en una lluviosa París, dos grandes plumas cruzaron miradas y breves saludos, marcando las calles de la ciudad de la luz con un gran encuentro más en su historia.


El escritor estadounidense, participante activo de las dos guerras mundiales y personaje central del París de los años 20, fue considerado por New York Times como el escritor más importante desde Shakespeare. Con cientos de anécdotas que hablan de su valentía, coraje y ferocidad, la propia vida de Hemingway da para escribir cientos de historias. Papa, como le llamó el grupo de soldados que guió en la Francia ocupada, es quizá uno de los personajes más interesantes del Siglo XX, y en aras de conocer más al estadounidense que sobrevivió a casi todas las enfermedades existentes en su época, te presentamos una serie de datos que quizá no conocías del escritor.


Hemingway contra los nazis

Durante la Segunda Guerra Mundial, Hemingway trabajó como corresponsal de guerra para la revista Collier. Como el fotoperiodista, Robert Capa, Ernest estuvo presente en el Día D, sólo que permaneció a bordo de los navíos debido a que era considerado “muy valioso como para perderlo”. Una vez en tierra, Hemingway consiguió permiso para realizar operaciones de inteligencia en el pueblo de Ramboullet, hecho que lo convirtió en el líder de un grupo paramilitar de soldados franceses, civiles y un agente secreto. Su pequeño pelotón se refería a Hemingway como Papa, Capitán o Le Grande Capitan, encumbrando así algunos de sus apodos más famosos.

La historia cuenta que Hemingway vistió uniforme de coronel, guió personalmente a sus tropas en la batalla y construyó un escuadrón de espionaje adelantado a la principal columna de los ejércitos aliados. Según el propio Hemingway, su unidad fue la primera en entrar a París, recuperando el Hotel Ritz un día antes de la liberación oficial por parte de los aliados. Su participación activa en la guerra quebrantó las normas de la Convención de Ginebra, por lo que Hemingway enfrentó cargos ante una corte marcial, la cual evitó a través de mentiras y testimonios de sus allegados. Sobrevivió a la guerra y recibió una estrella de bronce del ejército de Estados Unidos.



Agente de la KGB

El Comité para la Seguridad del Estado, la agencia de inteligencia de la Unión Soviética, reclutó a Ernest Hemingway como espía después de que conoció a múltiples agentes soviéticos en Cuba e Inglaterra durante la Guerra Fría. Bajo el nombre código “Argo”, Papa probó que sus habilidades residían en la máquina de escribir y no en la filtración de información. Según lo revelado por el ex agente Alexander Vassiliev, Hemingway era un muy mal espía, pues proporcionaba información inútil o incompleta.



Paranoia

Hemingway siempre creyó que era espiado por el FBI, un hecho que causó que sus amigos supusieran que el escritor se había vuelto loco. Sin embargo, documentos revelados en 1983, afirman que el FBI sí espió las acciones del héroe de guerra, intervino sus teléfonos, siguió su carro e inspeccionó sus cuentas. El propio John Edgar Hoover, primer director del FBI, estuvo involucrado en el espionaje, y afirmó que el espionaje se debió a las relaciones del escritor con Cuba.



Gatos de seis dedos

En 1931, Hemingway recibió un gato blanco con seis dedos, polidactilia, a quien llamó Snowball. Obsesionado con la mutación genética particular, Ernest terminó rodeado de 50 gatos en su propiedad de Key West. El escritor estadounidense hizo tanto por “promover” a esta raza que hoy se conocen como gatos Hemingway. Su casa, convertida en museo, está repleta de múltiples gatos con seis dedos que tienen libertad de deambular por la propiedad.



Capitán Hemingway

Las habilidades de pesca de Hemingway fueron ampliamente reconocidas por sus amistades, capacidad que se remonta a 1934, cuando con las ventas de un libro de historias cortas, Hemingway compró un yate de 38 pies que nombró Pilar. Surcando el mar con su característica barba, Papa reafirmó sus habilidades en pesca, pues en 1935, el estadounidense pescó un tiburón, y mientras peleaba con él a bordo de su bote, se disparó en ambas piernas con un revolver Colt. Años después, junto con su amigo Mike Strater, pescó un marlin de más de 4 metros de longitud, aunque tuvo que pelear férreamente para llevarlo a bordo. Algunos tiburones se acercaron para devorar al marlin, y para impedirlo, Hemingway les disparó con una ametralladora Thompson, aunque ello causó más sangre en el mar y por ende, más tiburones. Cuando la gran pelea entre el marlin gigante terminó, la mitad de su cuerpo había sido arrancada por los tiburones, y a pesar de ello, el pescado pesó alrededor de 227 kilogramos.

Hemingway Fisherman

La leyenda de Hemingway como pescador es tal que en 1960, Fidel Castro organizó el concurso de pesca “Torneo Hemingway”.


El Premio Pulizter y el Nobel

Hemingway ganó el Pulitzer en 1953, por El Viejo y el Mar. Después de eso, Papa afirmó que nada que escribiera después podría superar lo hecho con esa novela. Un año después, el Comité Nobel le otorgaría el máximo galardón literario por “su maestría en el arte de la narrativa, recientemente demostrado por la obra “El Viejo y el Mar”, y por la influencia que ha tenido en el estilo contemporáneo”.


Cazador de submarinos alemanes

Tras el ataque japonés a Pearl Harbor, la marina estadounidense pidió a voluntarios civiles que ayudaran a patrullar las costas a bordo de sus yates privados. Los voluntarios, conocidos como la Hooligan Navy, patrullaban las costas y reportaban vía radio sus rondines, excepto Hemingway. A bordo de su yate, nombrándose Capitán, Papa patrulló las costas de Cuba con la intención de hundir submarinos alemanes, con una combinación entre ametralladoras y granadas de mano.

A bordo del yate, junto con algunos busca pleitos, un empresario millonario y un soldado de la marina, el plan consistió en atraer a los submarinos con una presa fácil: el propio yate. Para evitar el uso de torpedos, los submarinos saldrían a la superficie para usar las armas externas, momento en que la tripulación arrojaría granadas a la torre del submarino y utilizaría la ametralladora. Nunca se probó que la tripulación de Hemingway hundiera un submarino, lo que nos lleva a pensar que se trató de un pretexto para pescar en altamar y emborracharse.



El alcohol y la escritura no se combinan

En entrevista, Hemingway respondió a los rumores de que bebía una jarra de martinis cada mañana: “¡Jesús Cristo! ¿Has escuchado de alguien que beba mientras trabaja? Estás pensando en Faulkner, él lo hace a menudo, y puedo darme cuenta, a la mitad de la página, cuando ha empezado con el primero. Además claro, ¿quién demonios mezclaría más de un martini al mismo tiempo?”.



El pene de F. Scott Fitzgerald

A Moveable Feast, recopilación de historias durante su estadía en París, Hemingway compartió algunos de sus momentos con el escritor de Great Gatsby, quien le confesó que para su esposa Zelda, su pene era demasiado pequeño. Fitzgerald le pidió a Hemingway que lo acompañara al baño para revisarlo personalmente, y Papa lo evaluó como uno “perfectamente normal”. Incluso le dijo lo siguiente: “Te ves a ti mismo desde arriba y por eso parece más pequeño. Ve al Louvre y mira el pene de las estatuas, luego ve a tu casa y mira tu perfil en el espejo”.

Fitzgerald Hemingway


Adiós a las armas

El periodista estadounidense, George Plimpton, entrevistó a Hemingway en 1954, en un pequeño café de Madrid, donde le preguntó qué tanta reescritura hacía en sus obras, a lo que Ernest contestó: “Eso depende. Reescribí la última página de Adiós a las armas 39 veces antes de quedar satisfecho”. El periodista siguió indagando y quiso saber si había algún problema técnico o qué hacía cada vez que lo corregía. Hemingway respondió “Encontraba las palabras correctas”.




El gallo de pelea de James Joyce

La amistad entre ambos escritores ha sido ampliamente documentada por sus biógrafos, y se sabe que gustaban de beber en los cafés y bares de París, en los que Joyce solía empezar peleas que pocas veces él concluía. Sin que se sepa la razón detrás de las peleas, se sabe que Joyce, con la vista limitada, siempre pedía la intervención de Hemingway para lidiar con aquellos con quien peleaba. Bastaba que Joyce le gritara a Hemingway, hombre curtido en múltiples peleas de box, para que éste saliera en su defensa y ganará todos los rounds de la primera y última pareja literaria de box en la historia.


El Final

Diagnosticado con depresión, Hemingway fue tratado en la Clínica Mayo, donde recibió terapia de electroshock, misma que causó que enfrentara dificultades para escribir. Su depresión aumentó con otros problemas de salud, como la diabetes, presión arterial alta y sobrepeso. Tras dos intentos fallidos de suicidio, volvió a la clínica y recibió electroshocks nuevamente. Con su cerebro dañado por la terapia, Hemingway no volvió a escribir, y poco después de volver a su casa, se suicidó.



Hemingway, el sobreviviente

Hemingway cuenta con una gran lista de accidentes y heridas, memorias de una vida llena de aventuras. Además de los fragmentos de mortero de la Primera Guerra Mundial, también tenía heridas de las balas resultado del enfrentamiento con el tiburón, sobrevivió al ántrax, la malaria, neumonía, disentería, cáncer de piel, hepatitis, anemia, diabetes y presión arterial alta, y sólo su escopeta pudo con él.

Por si la leyenda no fuera lo suficientemente heroica para otorgarle un lugar al escritor dentro del Olimpo, el estadounidense también sobrevivió a dos accidentes aéreos durante su último viaje en África del Este. El primero de ellos ocurrió en la selva de Uganda, donde la noticia del accidente provocó que se escribieran algunos obituarios en Estados Unidos. Tras el accidente, el piloto, su esposa y el propio Hemingway acamparon en medio de una reserva de elefantes, y tras ser rescatados, la pareja Hemingway sufrió un nuevo accidente. En este caso, el piloto tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia para evitar a una parvada, provocando que el avión se incendiara tras el choque. Papa, en medio de la confusión, rompió una de las puertas, sacó a su esposa y al piloto a pesar de tener quemaduras de primer grado, hemorragias internas, el hígado y el riñón lastimados, la columna vertebral dañada y el cráneo fracturado. “Mi suerte, está corriendo muy bien” respondió a los reporteros que lo entrevistaron ese mismo día.


Consejos de Ernest Hmeningway para los nuevos escritores.

“La profesión de escritor hace que las carreras de caballos parezcan un negocio estable”.
 John Steinbeck.


Escribir es algo que la mayoría de las personas aprenden a partir de los seis años, y consiste en saber cómo articular las letras de manera sintáctica para reproducir conceptos como “casa” o “mamá”. En todas las culturas, desde hace milenios ha sido una actividad necesaria para el registro de los acontecimientos o para expresar sentimientos.

Uno de los primeros sistemas de escritura registrados en la Historia es el cuneiforme, sistema que utilizaron los Sumerios para registrar cuentas y leyes.

Cuando las historias de las culturas se comenzaron a registrar, el único medio posible para que perduraran fue la escritura, ya que la tradición oral no fue suficiente. A pesar de eso, la tradición oral sigue siendo una parte importante de la tradición.

Escribir, como habilidad, tiene la función expresiva y cualquier persona con la instrucción puede llegar a hilar ideas de manera sencilla. Cuando escribir implica contar ficciones, explicar conceptos o modos de ver la realidad, se entra al terreno donde la creatividad va más allá de sólo hilar palabras con buena sintaxis.

Ernest Hemingway

Escribir una novela, un cuento, un ensayo o poesía es el segundo nivel al que el sistema de escritura nos ha llevado. No es tarea sencilla maquinar historias ya sean reales o ficticias para contar historias. El oficio de escritor tampoco se estudia en las universidades, ni se da de la noche a la mañana. Amerita un trabajo arduo donde más que escribir se debe leer, ser observador y consciente de las problemáticas que nos circundan y atañen.

Así como la cita de Steinbeck nos recuerda que ser escritor no es ni sencillo ni rentable algunas veces, la necedad de quien busque plasmar sus ideas en tinta es el único factor determinante. La necedad y la pasión por conocer el mundo a través de las letras de los demás, justo para poder construir las nuestras.

Ernest Hemingway, famoso escritor nacido en Illinois en 1899, también dedicó partes de su vida al periodismo. Autor de clásicos de la literatura universal como Por quién doblan las campanas, El viejo y el mar y Adiós a las armas, entre otras novelas, dio 18 consejos de vida para quienes deseen convertirse en escritores.

Uno de los consejos más importantes, reproducidos abajo, es “No escribas por dinero”, aunque a veces se deba romper esa regla, lo que va detrás de esto es que nunca pierdas tus objetivos como escritor por percibir dinero, no dejes tus inquietudes y siempre dedícale tiempo a tus ideas.

1. Nadie trabaja todos los días durante los meses de calor sin ponerse rancio: hay que tomarse el tiempo de asearse y vivir un poco, no ser un zombi de lápiz y papel (o no quemarse las retinas frente a la computadora), el mundo más allá del escritorio tiene posibilidades que solo puedes explotar si sales y vives un rato.

2. No crees personajes, crea personas comunes en situaciones no tan comunes.

3. Los personajes deben ser tan reales que den la sensación de que lo que se narra pasó realmente. Deberán estar proyectados desde el corazón, desde la cabeza, desde el conocimiento, desde la experiencia acumulada del propio escritor.

4. No se deben recargar los escritos de palabras resonantes, ni crear personajes tan increíbles que ni al autor convenzan.

5. Nunca sé lo que va a suceder en una novela, a medida que avanza pasa lo que tiene que pasar.

6. Todas las historias que continúan lo suficiente terminan en la muerte: ésta es pues una premisa ineludible tanto para el lector, como para el escritor, no se puede narrar la historia de la vida sin la antagónica muerte acercándose más y más conforme se alarga el propio relato.

7. El escritor no puede vivir de espaldas a la realidad social de su época.

8. Releer lo escrito una y otra vez, cientos de veces, y mejorarlo. Hemingway dejaba sus libros terminados dos o tres meses para retomarlos luego y corregirlos con cabeza fría, libre de influencias, y con nuevas ideas.

9. El autor debe alejarse de las preocupaciones cotidianas para escribir. Su mesa de trabajo es un lugar tan lejano en la memoria y la imaginación, que sólo el autor —y quienes lean su obra— alcanzarán a vislumbrarlo.

10. La vida del escritor es solitaria, no esperes rodearte de multitudes que alaben tu trabajo. Nada te asegura el éxito instantáneo. Las grandes obras universales se descubrieron muchos años después de la muerte de sus autores.

11. Transformar la soledad en algo positivo te ayudará a enfocarte en lo que quieres plantear y a dónde quieres llegar.

12. No te rindas. No te conformes.

13. Comer bien para que el hambre no te interrumpa el trabajo.

14. No escribas por dinero.

15. Estudia a fondo el diccionario.

16. Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como “espléndido, grande, magnífico, suntuoso”.

17. Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.

18. Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un lenguaje vigoroso. Sé positivo, no negativo.





Fuente:   http://culturacolectiva.com/consejos-de-ernest-hemingway-para-quienes-quieren-ser-escritores/


sábado, 13 de agosto de 2016

Medianoche en París, charla de Ernest Hemingway y Gil Pender (Ficción)

-¿Ha hecho el amor con una gran mujer?
-Sí, mi novia es bastante sexy
-Y cuando le hace el amor ¿Siente una pasión maravillosa y verdadera y al menos entonces, pierde el miedo a la muerte?
-No, no suele ocurrirme
-Creo que el amor real y verdadero crea una tregua con la muerte, la cobardía no viene de no amar o de no amar bien, que es lo mismo, y cuando el hombre valiente y veraz mira cara a cara a la muerte como los cazadores de rinoceronte que conozco, o Belmonte, los valientes como aman con suficiente pasión apartan a la muerte de su mente hasta que vuelve como con todos los hombres y es hora de volver a hacer el amor de verdad….piense en ello.

jueves, 11 de agosto de 2016

París era una fiesta, Capítulo 1 Página 4-7 - Ernest Hemingway

I
UN BUEN CAFÉ EN LA PLACE SAINT-MICHEL



Para colmo, el mal tiempo. Se nos echaba encima en un solo día, al acabarse el otoño. Teníamos que cerrar las ventanas de noche por la lluvia, y el viento frío arrancaba las hojas a los árboles de la place Contrescarpe. Las hojas se pudrían de lluvia por el suelo, y el viento arrojaba lluvias al gran autobús verde en la parada de término, y el Café des Amateurs se llenaba y el calor y el humo de dentro empañaban los cristales. Era un café tristón y mala sombra, y allí se agolpaban los borrachos del barrio y yo me guardaba de entrar porque olía a cuerpo sucio y la borrachera olía a acre. Los hombres y mujeres que frecuentaban el Amateurs andaban bebidos casi siempre, o sea siempre que el dinero les alcanzaba; generalmente pedían vino, litros o medios litros. Había anuncios de aperitivos con nombres raros, pero casi nadie era bastante rico, o en todo caso echaban un cimiento de aperitivo para luego edificar su trompa de vino. A las borrachas las llamaban poivrottes, que quiere decir alcohólico, pero en mujer.
El Café des Amateurs era la sentina de la rué Mouffetard, aquel encanto de callejuela con tiendas y puestos de mercado que iba a la place Contrescarpe. En las viejas casas de vecindad, los retretes en cuclillas, uno en cada piso dando a la escalera, con las dos eminencias en forma de zapato a cada lado del agujero, de cemento y con una cuadrícula para que el locataire no resbalara, se vaciaban en sentinas a las que vaciaban de noche con una bomba y volcaban en la cuba de un carro de caballos. En verano, con todas las ventanas abiertas, oíamos la bomba y el olor era fuerte. Los carros con las cubas iban pintados en marrón y azafran, y rué Cardinal- Lemoine arriba, a la luz de la luna, los cilindros con ruedas tras sus caballos parecían cuadros de Braque. Pero nadie vaciaba el Café des Amateurs, y el amarillo aviso en la pared que daba los horarios y las penas de ordenanza para la embriaguez pública se veía cagado de moscas y desdeñado en la medida misma en que los clientes eran permanentes y malolientes.
Toda la tristeza de la ciudad se nos echó encima de pronto con las primeras lluvias frías de invierno, y al pasear no se les veía remate a los caserones blancos, sólo el negro húmedo de la calle y las puertas cerradas de los tenduchos, los herbolarios,


las tiendas de papelería y periódicos, la comadrona (de segunda clase), y el hotel donde Verlaine murió y yo tenía alquilado un cuarto en el último piso y allí trabajaba. Calculé que eran seis u ocho tramos hasta el último piso y que hacía mucho frío, y me sabía cuánto valían unas cuantas ramitas de pino, más tres haces de teas atadas con alambre y largas como medio lápiz, y cuando el fuego de las ramitas prende en las teas hay que tener uno de aquellos haces de leña medio húmeda, y con menos no se enciende a la chimenea como para calentar el cuarto. De modo que pasé a la otra acera y miré al tejado aguantando lluvia, para ver si había chimeneas con humo y qué tal salía el humo. Pero no se veía ningún humo y pensé que la chimenea estaría fría y el tiro iba a ser un problema, y a lo mejor el cuarto se me llenaba de humo y desperdiciaba la leña y el dinero se me iba en nada, y eché a andar bajo la lluvia. Pasé ante el Lycée Henri-Quatre y aquella iglesia antigua de Saint-Etienne-du- Mont y por la place du Panthéon que el viento barría, y doblé a la derecha para guarecerme y al fin alcancé el lado de sotavento del boulevard Saint-Michel, y aguanté caminando más allá del Cluny en la esquina del boulevard Saint-Germain, hasta que llegué a un buen café que ya conocía, en la Place Saint-Michel.
Era un café simpático, caliente y limpio y amable, y colgué mi vieja gabardina a secar en la percha y puse el fatigado sombrero en la rejilla de encima de la banqueta, y pedí un café con leche. El camarero me lo trajo, me saqué del bolsillo de la chaqueta una libreta y un lápiz y me puse a escribir. Estaba escribiendo un cuento que pasaba allá en Michigan, y como el día era crudo y frío y resoplante, un día así hizo en mi cuento. Por entonces, ya los fines de otoño se me habían echado encima de niño y de muchacho y de joven, y, puestos a describirlos, en unos lugares salía mejor que en otros. A eso se le llama trasplantarse, pensé, y a lo mejor les conviene tanto a las personas como a otras especies cuando crecen. Pero en mi cuento los amigos bebían unas copas y me entró sed y pedí un ron Saint James. Sabía a maravilla con aquel frío y seguí escribiendo, sintiéndome muy bien y sintiendo que el buen ron de la Martinica me corría, cálido, por el cuerpo y por el espíritu.
Una chica entró en el café y se sentó sola a una mesa junto a la ventana. Era muy linda, de cara fresca como una moneda recién acuñada si vamos a suponer que se acuñan monedas en carne suave de cutis fresco de lluvia, y el pelo era negro como ala de cuervo y le daba en la mejilla un limpio corte en diagonal.
La miré y me turbó y me puso muy caliente. Ojalá pudiera meterla en mi cuento, o meterla en alguna parte, pero se había situado como para vigilar la calle y la puerta, o sea que esperaba a alguien. De modo que seguí escribiendo.


El cuento se estaba escribiendo solo y trabajo me daba seguirle el paso. Pedí otro ron Saint James y sólo por la muchacha levantaba los ojos, o aprovechaba para mirarla cada vez que afilaba el lápiz con un sacapuntas y las virutas caían rizándose en el platillo de mi copa.
Te he visto, monada, y ya eres mía, por más que esperes a quien quieras y aunque nunca vuelva a verte, pensé. Eres mía y todo París es mío y yo soy de este cuaderno y de este lápiz.
Luego otra vez a escribir, y me metí tan adentro en el cuento que allí me perdí. Ya lo escribía yo y no se escribía solo, y no levanté los ojos ni supe la hora ni guardé noción del lugar ni pedí otro ron Saint James. Estaba harto de ron Saint James sin darme cuenta de que estaba harto. Al fin el cuento quedó listo y yo cansado. Leí el último párrafo y luego levanté los ojos y busqué a la chica y se había marchado. Por lo menos que esté con un hombre que valga la pena, pensé. Pero me dio tristeza.
Cerré la libreta con el cuento dentro y me la metí en el bolsillo de la cartera, y pedí al camarero una docena de portuguesas y media jarra del blanco seco que allí servían. Al terminar un cuento me sentía siempre vaciado y a la vez triste y contento, como si hubiera hecho el amor, y aquella vez estaba seguro de que era un buen cuento, aunque para saber hasta dónde era bueno había que esperar a releerlo al día siguiente.
Comiendo las ostras con su fuerte sabor a mar y su deje metálico que el vino blanco fresco limpiaba, dejando sólo el sabor a mar y la pulpa sabrosa, y bebiendo el frío líquido de cada concha y perdiéndolo en el neto sabor del vino, dejé atrás la sensación de vacío y empecé a ser feliz y a hacer planes.
Ya que el mal tiempo había llegado, nos convenía cambiar un poco París por un lugar donde aquella lluvia fuera nieve cayendo entre pinos y cubriendo la carretera y las laderas empinadas, a una altura bastante para que la nieve nos crujiera al andar de vuelta a casa por la noche. Al pie de Les Avants había un chalet con una pensión estupenda, donde estaríamos juntos y con los libros y calientes en la cama juntos por la noche con las ventanas abiertas y las estrellas brillando. Era el lugar que nos convenía. Viajar en tercera no es caro. La pensión cuesta poco más de lo que gastamos en París.
Dejando el cuarto de hotel donde escribía quedaba sólo el alquiler de 74 rué Cardinal-Lemoine que era nominal. Tenía trabajo hecho para periódicos de Toronto que todavía no había cobrado. Cosas para periódicos las podía escribir en cualquier lugar y de cualquier humor, y el dinero del viaje lo teníamos.


Tal vez, lejos de París, podría escribir sobre París tal como en París era capaz de escribir sobre Michigan. Pero no me daba cuenta de que eso era prematuro, porque todavía no conocía París bastante bien. Aunque llegó un día en que fue verdad. En todo caso, la cosa entonces era marcharnos si mi mujer quería, y terminé las ostras y el vino y pagué la cuenta, y tomé el camino más corto para subir a la Montagne Sainte-Geneviève atravesando la lluvia, que por entonces, era ya un fenómeno climático local mientras que antes nos transformaba la vida, y llegué al piso en la cumbre de la loma.
—Me parece muy buen idea, Tatie —dijo mi mujer. Tenía una cara de modelado suave y los ojos y la sonrisa se le iluminaban ante cada decisión ofrecida, como si fuera un regalo de valor—. ¿Cuándo nos marchamos?
—Cuando quieras.
—Yo quiero en seguida. ¿No lo sabes ya?
—A lo mejor se pone estupendo y claro cuando volvamos. Muchas veces es una maravilla cuando se pone claro y frío.
—Sí que se pondrá de maravilla —dijo ella—. Me hace mucha ilusión. Has tenido una buena idea.

martes, 26 de enero de 2016

Capítulo 31, Páginas 230 - 237. Por quién doblan las campanas - Ernest Hemingway


Así, pues, se encontraron de nuevo, a una hora avanzada de la noche, de
la última noche, dentro del saco de dormir. María estaba muy unida a él y
Roberto podía sentir la suavidad de sus largos muslos rozando los suyos y
de los senos, que emergían como dos montículos sobre una llanura alargada
en torno a un pozo, más allá de la cual estaba el valle de su garganta,
sobre la que ahora se encontraban posados sus labios. Yacía inmóvil, sin
pensar en nada, mientras ella le acariciaba la cabeza.
—Roberto –dijo María en un susurro–, estoy avergonzada. No quisiera
desilusionarte, pero tengo un gran dolor y creo que no voy a servirte de
nada.
—Siempre hay algún dolor, alguna pena –replicó él–. No te preocupes,
conejito. Eso no es nada. No haremos nada que te cause dolor.
—No es eso; es que no estoy en condiciones de recibirte como quisiera.
—Eso no tiene importancia; es cosa pasajera. Estamos juntos, aunque no
estemos más que acostados el uno al lado del otro.
—Sí, pero estoy avergonzada. Creo que esto me pasa por las cosas que me
hicieron. No por lo que hayamos hecho tú y yo.
—No hablemos de ello.
—Yo tampoco quisiera hablar de eso. Pero es que no puedo soportar la idea
de fallarte esta noche, y había pensado pedirte perdón.
—Escucha, conejito –dijo él–, todas esas cosas son pasajeras y luego no
hay ningún problema. –Pero para sí pensó que no era la buena suerte que
había esperado para la última noche.
Luego sintió vergüenza, y dijo:
—Apriétate contra mí, conejito; te quiero tanto sintiéndote a mi lado,
así, en la oscuridad, como cuando te hago el amor.
—Estoy muy avergonzada, porque pensé que esta noche podría ser como lo de
allá arriba, cuando volvíamos del campamento del Sordo.
—¡Qué va! –contestó él–; eso no es para todos los días. Pero me gusta
esto tanto como lo otro. –Mentía para ahuyentar el desencanto.– Estaremos
aquí juntos y dormiremos. Hablemos un rato. Sé muy pocas cosas de ti.
—¿Quieres que hablemos de mañana y de tu trabajo? –preguntó ella–. Me
gustaría entender bien lo que tienes que hacer.
—No –dijo él, y arrellanándose en toda la extensión de la manta se estuvo
quieto, apoyando su mejilla en el hombro de ella, y el brazo izquierdo
bajo la cabeza de la muchacha–. Lo mejor será no hablar de lo de mañana
ni de lo que ha pasado hoy. Así no nos acordaremos de nuestros reveses, y
lo que tengamos que hacer mañana se hará. No estarás asustada...
—¡Qué va! –exclamó ella–; siempre estoy asustada. Pero ahora siento tanto
miedo por ti, que no me queda tiempo para acordarme de mí.
—No debes estarlo, conejito. Yo he estado metido en peores andanzas que
ésta –mintió él. Y entregándose repentinamente al lujo de las cosas
irreales, agregó–: Hablemos de Madrid y de lo que haremos cuando estemos
allí.
—Bueno –dijo ella, y agregó–: Pero, Roberto, estoy apenada por haberte
fallado. ¿No hay otra cosa que pueda hacer por ti?
El le acarició la cabeza y la besó, y luego se quedó quieto a su lado,
escuchando la quietud de la noche.
—Puedes hablar de Madrid –le dijo, y pensó: «guardaré una reserva para
mañana. Mañana voy a necesitar de todo esto. No hay rama de pino en todo
el bosque que esté tan necesitada de savia como lo estaré yo mañana.
¿Quién fue el que arrojó la simiente en el suelo, según la Biblia? Onán.
Pero no sé lo que pasó después. No me acuerdo de haber oído hablar más de
Onán.» Y sonrió en la oscuridad. Luego volvió a rendirse y se dejó llevar
de sus ensueños, sintiendo toda la voluptuosidad de la entrega a las
cosas irreales. Una voluptuosidad que era como una aceptación sexual de
algo que puede venir solamente por la noche, cuando no entra en juego la
razón y queda sólo la delicia de la entrega.
—Amor mío –susurró, besándola–. Oye, la otra noche estaba pensando en
Madrid y me dije que en cuanto llegase allí te dejaría en el hotel
mientras iba a ver a algunos amigos en el hotel de los rusos. Pero no es
verdad: no te dejaré sola en ningún hotel. –¿Por qué no?
—Porque tengo que cuidarte. No te dejaré jamás. Iremos a la Dirección de
Seguridad para conseguirte papeles. Después te acompañaré a comprarte los
vestidos que te hagan falta. –No necesito nada y puedo comprármelos yo
sola. –No, necesitas muchas cosas e iremos juntos. Compraremos cosas
buenas y verás lo bonita que estás.
—Yo preferiría que nos quedásemos en el hotel y mandásemos a comprar la
ropa. ¿Dónde está el hotel?
—En la Plaza del Callao. Estaremos mucho en nuestro cuarto del hotel. Hay
una cama grande con sábanas limpias y en el baño agua caliente. Y hay dos
roperos empotrados en la pared. Y yo pondré mis cosas en uno y tú te
quedarás con el otro. Y hay ventanas altas y anchas, que dan a la calle,
y fuera, en la calle, está la primavera. También conozco sitios ; en los
que se come bien, que son ilegales, pero buenos, y sé de algunas tiendas
en las que aún se puede encontrar vino y whisky. Y en el cuarto
guardaremos provisiones para cuando tengamos hambre; tendremos una
botella de whisky para mí y a ti te compraré una botella de manzanilla.
–Me gustaría probar el whisky.
—Pero como es muy difícil de conseguir y a ti te gusta : la
manzanilla...
—Guárdate tu whisky, Roberto –dijo ella–. De veras, te quiero mucho. A ti
y a tu whisky, que no tengo derecho a probar. ¡Vaya cochino que estás
hecho!
—Bueno, lo probarás. Pero no es bueno para las mujeres. –Y como yo he
tenido solamente cosas que eran buenas para mujeres... –replicó María–.
Bueno, y en esa cama, ¿llevaré siempre mi camisón de boda?
—No. Te compraré camisones nuevos y también pijamas, si tú los prefieres.
—Me compraré siete camisones –dijo ella–; uno para cada día de la semana,
y a ti te compraré una camisa de boda, una camisa limpia. ¿No llevas
nunca la tuya?
—Algunas veces.
—Yo lo tendré todo muy limpio y te serviré whisky con agua, como lo
tomabas en el campamento del Sordo. Tendré guardadas aceitunas y bacalao
y avellanas, para que comas mientras bebes; y estaremos un mes en ese
cuarto sin salir de él. Si es que puedo recibirte –dijo, sintiéndose
repentinamente desgraciada.
—Eso no es nada –insistió Robert Jordan–; de verdad, no es nada. Es
posible que te quedaras lastimada y ahora tengas una cicatriz que te
sigue doliendo. Lo más seguro es que sea eso. Pero esas cosas se pasan. Y
además, si fuera algo importante, hay médicos muy buenos en Madrid.
—Pero iba todo tan bien... –dijo ella, en son de excusa.
—Eso es la prueba de que todo irá bien de nuevo.
—Entonces, hablemos de Madrid. –Se acurrucó metiendo sus piernas debajo
de las de Robert Jordan y restregó la cabeza contra su espalda.– Pero ¿no
crees que voy a resultar muy fea con esta cabeza rapada y vas a tener
vergüenza de mí?
—No. Eres muy bonita. Tienes una cara muy bonita y un cuerpo muy hermoso,
esbelto y ligero, y tu piel es suave, y del color del oro bruñido, y
muchos van a intentar separarte de mí.
—¡Qué va, separarme de ti! –dijo ella–. Ningún hombre me tocará hasta mi
muerte. Separarme de ti, ¡qué va!
—Pues habrá muchos que lo intentarán; ya lo verás.
—Entonces ya verán ellos que te quiero tanto que sería tan peligroso
tocarme como meter las manos en un cubo de plomo derretido. Pero, y tú,
cuando veas mujeres bonitas que tengan tanta cultura como tú, ¿no
sentirás vergüenza de mí?
—Nunca. Y me casaré contigo:
—Si tú lo–quieres –dijo ella–; pero, puesto que no hay ya iglesia, creo
que eso no tiene importancia.
—Me gustaría que nos casáramos.
—Si tú lo quieres así... Pero, oye, si vamos alguna vez a otro país en
donde haya iglesia, quizá podamos casarnos allí.
—En mi país hay todavía iglesia –dijo él–. Podríamos casarnos allí, si
eso significa algo para ti. Yo no me he casado nunca. Así es que no hay
problema.
—Me alegro de que no te hayas casado –dijo ella–; pero también me alegro
de que conozcas esas cosas de que me has hablado, porque eso prueba que
has estado con muchas mujeres, y Pilar dice que los hombres así son los
únicos que sirven como maridos. Pero ¿no irás luego con otras mujeres?
Porque eso me mataría.
—Nunca he andado con muchas mujeres –dijo él, sinceramente–. Antes de
conocerte a ti no creía que fuese capaz de querer tanto a ninguna.
Ella le acarició las mejillas y luego cruzó las manos detrás de su nuca.
—Has debido de conocer a muchas.
—Pero no he querido a ninguna.
—Oye, me ha dicho Pilar que...
—Dime.
—No. Vale más que no te lo diga. Hablemos de Madrid.
—¿Qué es lo que ibas a decir?
—No tengo ganas de decirlo.
—Es mejor que lo digas si es algo importante.
—¿Crees que es importante?
—Sí.
—Pero ¿cómo sabes que es importante, si no sabes de qué se trata?
—Por la manera como lo has dicho.
—Bueno, entonces, te lo diré. Me ha dicho Pilar que mañana vamos a morir
todos, y que tú lo sabes tan bien como ella; pero que no le das ninguna
importancia. No es por criticarte por lo que me ha dicho eso, sino como
admirándote.
—¿Ha dicho eso? –preguntó él. «¡Qué vieja loca!», penso, y luego siguió
hablando en voz alta–: Eso son estupideces gitanas. Buenas para las
viejas del mercado y los cobardes de café. Son tonterías –sentía cómo el
sudor le iba cayendo por debajo de las axilas corriéndole por los brazos
y los costados y se dijo: «Tienes miedo, ¿eh?» Y añadió en voz alta–: Es
una vieja loca supersticiosa. Sigamos hablando de Madrid.
—Entonces, ¿no es cierto que tú lo sepas?
—Claro que no. No digas semejantes tonterías –replicó, usando de una
palabra mucho más gorda para expresarse.
Pero, por mucho que intentase hablar de Madrid no conseguía engañarse de
nuevo. Mentía abiertamente a la muchacha y se mentía a sí mismo con el
único propósito de pasar la noche de antes de la batalla lo menos
desagradablemente posible, y lo sabía. Le gustaba hacerlo; pero la
voluptuosidad de la aceptación se había esfumado. Sin embargo, volvió a
empezar.
—He estado pensando en tus cabellos –dijo–. Y en lo que podría hacerse
con ellos. Como ves, ahora crecen iguales, como la piel de un animal; es
muy agradable tocarlos y me gustan mucho. Son muy bonitos tus cabellos,
se aplastan bajo la mano y vuelven a erguirse como los trigales al
viento.
—Pásame la mano por encima.
El hizo lo que le pedía; luego dejó la mano apoyada en su cabeza y siguió
hablando con la boca pegada a la garganta de la muchacha; sentía que se
le iba haciendo un nudo en la suya.
—Pero en Madrid podríamos ir juntos al peluquero, y te lo cortaría de una
manera hábil, sobre las orejas y la nuca, como los míos, y quedarían
mejor para la ciudad, hasta que volvieran a crecer.
—Quisiera parecerme a ti –dijo ella, apretándose contra él–. Y no
quisiera cambiar jamás.
—No. Seguirán creciendo y eso sólo serviría para darles mejor aspecto
mientras crecen. ¿Cuánto tiempo tardarán en crecer?
—–¿Hasta que sean realmente largos?
—No. Hasta que te lleguen a los hombros. Así es como me gustaría que los
llevaras.
—¿Como la Garbo en el cine?
—Sí –dijo él con voz ronca. '•
Le volvía impetuosamente el deseo de engañarse a sí mismo y se entregaba
por entero a ese placer.
—Crecerán así, caerán sobre tus hombros, rizados en las puntas, como las
olas del mar, y serán del color del trigo maduro, y tu rostro del color
del oro bruñido, y tus ojos del único color que puede hacer juego con
esos cabellos y esa piel: dorados, con manchas oscuras; y yo te echaré la
cabeza hacia atrás y te miraré a los ojos, teniéndote muy apretada contra
mí.
—¿Dónde?
—En cualquier parte. En cualquier parte en donde estemos. ¿Cuánto tiempo
hará falta para que vuelva a crecerte el pelo?
—No lo sé, porque no me lo había cortado nunca. Pero creo que en seis
meses estará lo suficientemente largo como para cubrirme las orejas, y en
un año, todo lo largo que tú quieras. Pero ¿sabes lo que haremos antes?
—Dímelo.
—Estaremos en esa cama grande y limpia, en ese famoso cuarto de nuestro
famoso hotel, estaremos sentados en esa cama y nos miraremos en el espejo
del armario, y primero me miraré yo y luego me volveré así y te echaré
los brazos al cuello, así, y luego te besaré así.
Se quedaron callados, muy apretados el uno contra el otro, perdidos en
medio de la noche, y Robert Jordan, sintiéndose penetrado de un calor
casi doloroso, la sostuvo con fuerza entre sus brazos. Abrazándola, sabía
que abrazaba todas las cosas que nunca sucederían y prosiguió diciendo:
—Conejito, no estaremos siempre en ese hotel.
—¿Por qué?
—Podríamos tomar un piso en Madrid, en la calle que corre a lo largo del
Retiro. Conozco a una norteamericana que alquilaba pisos amueblados antes
del Movimiento, y sé cómo encontrar un piso como ése, al mismo precio que
antes del Movimiento. Hay pisos frente al Retiro, y se ve el parque desde
las ventanas: la verja de hierro, los jardines, los senderos de grava, el
césped de los recuadros a lo largo del sendero y los árboles de sombra
espesa, y las fuentes. Y ahora los castaños estarán en flor. En Madrid
podemos pasear por el Retiro y podemos ir en barca por el estanque, si
hay de nuevo agua en él.
—¿Y por qué no había de haber agua?
—Lo vaciaron en noviembre porque era un buen blanco para los bombarderos;
pero creo que lo han vuelto a llenar de nuevo. No estoy seguro. Pero
aunque no haya agua, podremos pasearnos por el parque detrás del lago.
Hay una parte semejante a la selva, con árboles de todos los países del
mundo, que tienen su nombre escrito en carteles, y allí pone qué árboles
son y de dónde proceden.
—Me gustaría mucho ir al cine –dijo María–; pero esos árboles tienen que
ser muy interesantes y me aprenderé contigo todos sus nombres, si puedo
acordarme de ellos.
—No es como un museo –dijo Robert Jordan–; crecen libremente y hay
colinas en el parque, en una parte que es como una selva virgen. Y más
abajo está la feria de los libros, con centenares de barracas de libros
viejos, a lo largo de las aceras y ahora, desde que empezó el Movimiento,
pueden encontrarse muchos libros que provienen del saqueo de las casas
demolidas por los bombardeos y de las casas de los fascistas. Esos libros
los han llevado a la feria los que los han robado. Si tuviera tiempo en
Madrid, podría pasarme todo el día o todos los días entre libros viejos,
como hacía antes del Movimiento.
—Mientras tú estés en la feria de los libros, yo me ocuparé del piso –
dijo María–. ¿Habrá medio de hacerse con una criada?
—Seguramente que sí. Yo podría hablar con Petra, que está en el hotel, si
te gusta. Guisa muy bien y es muy limpia. He comido allí con periodistas
para quienes ella guisaba. Tienen cocinas eléctricas en las habitaciones.
—Como tú quieras –dijo María–. O bien podría yo buscar otra. Pero
¿estarás fuera a menudo por culpa de tu trabajo? ¿No querrán que vaya
contigo para un trabajo como éste?
—Quizá pudiera encontrar alguna cosa que hacer en Madrid. Hace tiempo que
estoy metido en este trabajo y estoy luchando desde los comienzos del
Movimiento. Es posible que me den ahora alguna cosa que hacer en Madrid.
No lo he pedido nunca. Siempre he estado en el frente o en trabajos como
éste. ¿Sabes que hasta que te encontré no he pedido nunca nada? ¿Ni
deseado ninguna cosa, ni pensado en nada que no fuese el Movimiento y en
ganar esta guerra? Es verdad que he sido muy puro en mis ambiciones. He
trabajado mucho y ahora te quiero –dijo abandonándose por entero a lo que
no sería nunca–, te quiero tanto como a todo aquello por lo que hemos
peleado. Te quiero tanto como a la libertad, a la dignidad y al derecho
de todos los hombres a trabajar y a no tener hambre. Te quiero como
quiero a Madrid, que hemos defendido, y como quiero a todos mis camaradas
que han muerto. Y han muerto muchos. Muchos. Muchos. No puedes imaginarte
cuántos. Pero te quiero como quiero a lo que más quiero en el mundo. Y te
quiero todavía más. Te quiero mucho, conejito. Más de lo que pueda
decirte. Pero te digo esto para intentar que tengas una idea. No he
tenido nunca mujer, y ahora te tengo a ti y soy feliz.
—Seré para ti una mujer todo lo buena que pueda –dijo María–. No me han
enseñado muchas cosas, es verdad; pero intentaré aprenderlas. Si vivimos
en Madrid, me parecerá muy bien. Si tenemos que irnos a otra parte, me
parecerá muy bien. Si no vivimos en ninguna parte y yo puedo ir contigo,
todavía mejor. Si vamos a tu país, intentaré hablar el inglés como el más
inglés que haya en el mundo. Me fijaré en lo que hacen los demás y
procuraré hacerlo como ellos.
—Resultarás muy cómica.
—Seguramente. Cometeré faltas, pero tú me las dirás y no las cometeré dos
veces, o quizá las cometa dos veces, pero nada más. Luego, en tu país, si
echas de menos nuestra cocina, yo guisaré para ti. Y además iré a una
buena escuela para aprender a ser una buena ama de casa, si hay escuelas
para eso, y trabajaré mucho.
—Hay escuelas para eso, pero tú no tienes necesidad de ir.
—Pilar me ha dicho que creía que hay escuelas así en tu país. Lo ha leído
en un artículo de una revista. También me ha dicho que tendría que
aprender a hablar inglés y a hablarlo bien, para que tú no sientas nunca
vergüenza de mí.
—¿Cuándo te ha dicho eso?
—Hoy, mientras hacíamos el equipaje. Me ha hablado todo el tiempo de lo
que tendría que hacer para ser tu mujer.
«Creo que Pilar sueña también con Madrid», pensó Robert Jordan, y dijo:
—¿Qué te ha dicho además de eso?
—Que tengo que cuidar de mi cuerpo y cuidar de mi línea como si fuera un
torero. Me ha dicho que eso era muy importante.
—Es verdad –dijo Robert Jordan–; pero no tienes que preocuparte de eso en
muchos años.
—Sí. Pilar dice que entre las mujeres de nuestra raza hay que tener
siempre mucho cuidado porque a veces ocurre eso de golpe. Me ha dicho que
en otros tiempos ella era tan esbelta como yo, pero que en su época las
mujeres no hacían gimnasia. Me ha dicho qué movimientos tengo que hacer y
también que no coma demasiado. Me ha dicho lo que no tenía que comer.
Pero se me ha olvidado. Tendré que volvérselo a preguntar.
—Patatas –dijo él.
—Sí –continuó ella–. Patatas y cosas fritas. Y luego, cuando le dije que
sentía dolor, me dijo que no debería hablarte de ello y que debería
soportar el dolor sin decirte nada. Pero te lo he dicho porque no quiero
engañarte nunca y tenía miedo de que tú pudieras pensar que no
compartimos ya el mismo placer y que lo que sucedió arriba, en el valle,
no había sucedido nunca.
—Has hecho bien diciéndomelo.
—¿No es verdad? Pero estoy muy avergonzada y haré todo lo que quieras que
haga. Pilar me ha hablado de las cosas que pueden hacerse con un marido.
—No es preciso hacer nada. Lo que tenemos lo tenemos juntos y lo
guardaremos bien. Te quiero así, como estás ahora; te quiero acostada
junto a mí y tocarte y sentir que estás realmente ahí y cuando estés en
condiciones lo haremos todo.
—Pero ¿no tienes deseos que yo no pueda satisfacer? Pilar me ha explicado
eso.
—No. Nuestros deseos los compartiremos juntos. No tengo más deseos que
los tuyos.
—Eso me tranquiliza. Pero quiero que sepas que haré todo lo que me pidas.
Sólo que tendrás que decírmelo, porque soy muy ignorante y no he
entendido claramente lo que me ha dicho. Me daba vergüenza preguntárselo,
aunque ella sabe muchísimas cosas.
—Conejito –dijo–, eres maravillosa.
—¡Qué va! –dijo ella–; pero he tratado de aprender en un día todo lo que
una mujer tiene que saber, mientras levantábamos el campamento y hacíamos
los preparativos para una batalla y se estaba librando otra batalla ahí
abajo. Es una cosa difícil, y si cometo pifias tienes que decírmelo,
porque te quiero mucho. Quizá recuerde las cosas de manera equivocada, y
muchas de las que me ha dicho Pilar eran muy complicadas.
—¿Qué es lo que te ha dicho ella?
—Pues tantas cosas, que no me acuerdo de ninguna. Me ha dicho que podía
contarte todo lo que me han hecho si alguna vez me atrevo a pensar en
ello, porque eres bueno y lo comprenderías. Pero que era preferible que
no te lo dijese, a menos que por callarlo me vuelvan las ideas negras,
como antes, y que entonces quizá me zafara de ellas contándotelo.
—¿Es que te afliges mucho en estos momentos?
—No. Desde la primera vez que estuvimos juntos es como si todo aquello
jamás hubiera sucedido. Sigo sintiendo pena por mis padres. Pero quisiera
que supieses una cosa para tu amor propio, si es que tengo que ser tu
mujer: No he cedido nunca a ninguno. Me he resistido siempre y cada vez
que lo hicieron se necesitaron dos para obligarme. Uno se sentaba sobre
mi cabeza y me sujetaba. Te lo digo para tu amor propio.
—Mi amor propio está en ti. No hables más de eso.
—No. Hablo del amor propio que tienes que sentir por tu mujer. Y otra
cosa. Mi padre era el alcalde del pueblo, un hombre honrado. Mi madre era
una mujer honrada y una buena católica, y la mataron con mi padre por las
ideas políticas de mi padre, que era republicano. Vi cómo los mataban a
los dos. Mi padre dijo: «¡Viva la República!» cuando le fusilaron, de
pie, contra las tapias del matadero de nuestro pueblo. Mi madre que
estaba de pie, contra la misma tapia, dijo: «¡Viva mi marido, el alcalde
de este pueblo!» Yo aguardaba que me matasen a mí también y pensaba
decir: «¡Viva la República! y ¡Vivan mis padres!» Pero no me mataron. En
lugar de matarme me hicieron cosas. Oye, voy a contarte una de las cosas
que me hicieron, porque nos afecta a los dos. Después del fusilamiento en
el matadero, nos reunieron a todos los parientes de los muertos que
habíamos presenciado la escena sin ser fusilados y, de vuelta del
matadero, nos hicieron subir por la cuesta, hasta la plaza del pueblo.
Casi todos lloraban. Pero algunos estaban atontados por lo que habían
visto y se les habían secado las lágrimas. Yo misma no podía llorar. No
me daba cuenta de lo que pasaba porque solamente tenía ante mis ojos el
cuadro de mi padre y de mi madre en el momento de su fusilamiento. Y la
voz de mi madre diciendo: «¡Viva mi marido, el alcalde de este pueblo!»,
me sonaba en los oídos como un grito que no se apagaba y se repetía
continuamente. Porque mi madre no era republicana, y por eso no había
gritado ¡Viva la República!, sino solamente viva mi padre, que estaba
allí, de bruces, a sus pies.
»Pero lo que gritó lo dijo en voz muy alta, como si fuera un grito, y en
seguida la fusilaron. Y cuando cayó quise acercarme, separándome de la
fila; pero estábamos todos atados, los unos a los otros. El fusilamiento
lo llevó a cabo la Guardia civil, y los guardias se quedaron esperando a
los demás que tenían que fusilar; pero los falangistas nos alejaron,
haciéndonos subir la cuesta. Los guardias civiles se quedaron allí
apoyando sus fusiles contra la pared junto a los cuerpos caídos, íbamos
atados de las muñecas, en una larga fila de muchachas y mujeres, y nos
condujeron por las calles hasta llegar a la plaza, y en la plaza nos
hicieron detenernos junto a la barbería, que estaba frente al
Ayuntamiento.
»Cuando llegamos allí, los dos hombres que nos custodiaban nos miraron, y
uno de ellos dijo: "Esta es la hija del alcalde". Y el otro ordenó:
"Comenzad por ella". Entonces cortaron la cuerda que me ataba las muñecas
y uno de ellos dijo: "Volved a atar la cuerda". Los dos que habían ido
custodiándonos me cogieron en volandas y me obligaron a entrar en la
barbería, me dejaron caer de golpe en el sillón del barbero y me forzaron
a quedarme allí.
»Yo veía mi cara en el espejo de la barbería y las caras de los que me
sujetaban y las caras de otros tres que se inclinaban sobre mí, sin
reconocer a ninguno. En el espejo me veía yo y los veía a ellos, pero
ellos sólo me veían a mí. Tenía la impresión de hallarme en el sillón de
un dentista y estar rodeada de varios dentistas, todos locos. Apenas
podía reconocer mi propia cara, ya que el dolor me la había desfigurado.
Pero yo me miraba y sabía que era yo. Mi dolor y mi pena eran tan
grandes, que no sentía ningún temor, sino solamente una pena enorme.
»Por entonces llevaba yo el cabello sujeto en dos grandes trenzas y según
miraba yo en el espejo, uno de los hombres me levantó una de las trenzas
y tiró de ella, con tanta fuerza, que, a pesar de mi pena, sentí dolor y
luego, de un solo navajazo, me la cortó muy cerca de la raíz del cabello.
Me vi en el espejo con una sola trenza y con un corte donde había estado
la otra. Después me cortó la otra, aunque sin tirar de ella, y me hizo un
tajo en la oreja con la navaja, y pude ver que la sangre me corría.
Puedes notar la cicatriz pasándome el dedo por encima.
—Sí, pero ¿no sería mejor no hablar de estas cosas?
—No es nada. No te contaré las cosas malas. Así, pues, me habían cortado
las dos trenzas, muy cerca de la raíz del cabello, y los otros se reían;
pero yo no sentía siquiera el dolor del tajo que me habían hecho en la
oreja. Y el que me había cortado las trenzas se paró frente a mí y
comenzó a golpearme la cara con ellas, mientras los otros dos me
sujetaban y me gritaba él: "Así es como hacemos monjas rojas. Esto te
enseñará a unirte con tus hermanos proletarios. Mujer del Cristo Rojo".
»Y me golpeó una y otra vez con las trenzas que habían sido mías y luego
me las metió en la boca y me las ató al cuello, anudándomelas en la nuca
como si fuera una mordaza, mientras los que me estaban sujetando se
reían. Y también se reían todos los demás; y cuando los vi reírse por el
espejo comencé a llorar; porque hasta entonces me había quedado demasiado
helada por el fusilamiento y no podía llorar.
»Luego, el que me había amordazado, me pasó una máquina de afeitar por la
cabeza, primero desde la frente hasta la nuca y después de oreja a oreja,
y por toda la cabeza. Y me mantenían sujeta, de tal modo que no había más
remedio que verme en el espejo del barbero mientras me hacían eso, y aun
cuando lo veía no podía creerlo, y lloraba y lloraba sin apartar los ojos
del espejo, en donde se reflejaba mi cara horrorizada, con la boca
abierta, amordazada con las trenzas, mientras mi cabeza iba saliendo
rapada de la maquinilla. Y cuando el que había estado rapándome concluyó,
sacó una botellita de yodo de uno de los estantes de la barbería (al
barbero ya le habían matado porque pertenecía al sindicato y su cadáver
estaba tirado a la puerta de la barbería y tuvieron que levantarme para
pasar por encima), y con la varilla de cristal que traen las botellas de
yodo, me pintó la oreja en el lugar en donde me había hecho el tajo, y, a
pesar de mi pena y del dolor que sentía, noté la quemazón del yodo.
»Después dio media vuelta, se detuvo frente a mí y, usando siempre la
misma varilla, me escribió con yodo en la frente las letras U. H. P.
trazándolas lenta y cuidadosamente, como si fuera un artista. Y yo ya no
lloraba, porque mi corazón se había helado, pensando en mi padre y en mi
madre, y veía que lo que me estaba pasando no era nada comparado con
aquello.
»Cuando terminó de dibujarme las letras en la frente, el falangista
retrocedió dos pasos, para contemplar su obra, y volvió a dejar la
botella de yodo donde estaba, y empuñando la máquina de cortar el pelo,
gritó: "La siguiente". Y me sacaron de la barbería, llevándome sujeta de
los brazos, y al salir tropecé con el cadáver del barbero, que aún seguía
tirado en el portal, de espaldas, con la cara grisácea vuelta al cielo. Y
casi me di de narices con Concepción García, mi mejor amiga, a la que
llevaban entre dos hombres; y al pronto no me reconoció, pero al darse
cuenta de que era yo, comenzó a gritar y pude oír sus chillidos todo el
tiempo que me estuvieron paseando por la plaza y mientras me hacían subir
la escalera del Ayuntamiento, hasta llegar al despacho de mi padre, en
donde me tumbaron sobre el diván. Y fue allí donde me hicieron las cosas
malas.
—Conejito mío –dijo Robert Jordan, estrechándola con toda la delicadeza
que pudo, aunque estaba por dentro saturado de todo el odio de que era
capaz–. No me cuentes más, porque no puedo aguantar el odio que siento.
Ella se había quedado rígida y fría en sus brazos.
—No, nunca te hablaré ya de estas cosas. Pero son gentes malas y me
gustaría ayudarte a matar a unos cuantos, si pudiera. Te he contado eso
únicamente por respeto a tu amor propio, ya que he de ser tu mujer, y
para que puedas comprenderlo.
—Has hecho bien en contármelo –dijo él–; porque mañana, si tenemos
suerte, mataremos a muchos.
—Pero ¿mataremos falangistas? Ellos fueron los que lo hicieron.
—Esos no pelean –replicó él sombríamente–. Matan en la retaguardia. No
son ésos los que encontramos en las batallas.
—Pero, ¿no podríamos matar a algunos de ellos de alguna manera? Me
gustaría mucho matar a algunos.
—Yo he matado ya a algunos –dijo él–; y volveré a matar a algunos más. En
el asalto de los trenes hemos matado a varios.
—Me gustaría ir contigo a atacar un tren –dijo María–. Cuando atacaron el
tren, que fue cuando Pilar pudo rescatarme, yo estaba medio loca. ¿No te
han contado cómo estaba?
—Sí. Pero no hables más de eso.
—Tenía la cabeza como embotada y no hacía más que llorar. Pero hay otra
cosa que tengo que decirte. Es menester. Puede que, si te la cuento, no
quieras casarte conmigo; pero, Roberto, si no quieres casarte conmigo,
¿no podríamos, de todas formas, seguir viviendo juntos?
—Me casaré contigo.
—No. Había olvidado eso. Quizá no debas casarte conmigo. Quizá no pueda
yo tener nunca un hijo ni una hija; porque Pilar dice que con todas las
cosas que me pasaron, con las cosas que me hicieron, yo debiera haberlo
tenido. Tenía que decirte esto. ¡Oh, no sé cómo he podido olvidarlo!
—Eso no tiene ninguna importancia, conejito. Primero porque puede no ser
así. Eso únicamente puede saberlo un médico. Y luego, yo no tengo el
menor interés en traer un hijo o una hija a este mundo, tal como está
ahora. Y además, todo mi cariño es para ti.
—Me gustaría tener un hijo o una hija de ti –dijo ella–, y, por otra
parte, ¿cómo iba a mejorar el mundo si no hay hijos nuestros, de todos
los que luchamos contra los fascistas?
—Tú –dijo él–, yo te quiero a ti; ¿has comprendido? Y ahora, vamos a
dormir, conejito; porque tengo que levantarme mucho antes de que
amanezca, y en este mes amanece muy temprano.
—Entonces, ¿no hay inconveniente respecto a lo último que te he dicho?
¿Podremos casarnos a pesar de todo?
—Estamos ya casados. Me caso contigo ahora mismo. Tú eres mi mujer. Pero
duérmete ahora, conejito, porque nos queda muy poco tiempo.
—¿Y estaremos realmente casados? ¿No será sólo hablar y hablar?
—De verdad.
—Entonces me dormiré y volveré a pensar en ello si me despierto.
—Yo también.
—Buenas noches, marido mío.
—Buenas noches, mujercita mía.
Oyó que su respiración se hacía más firme y regular y se dio cuenta de
que se había dormido; se quedó despierto, sin moverse, para no
despertarla. Pensó en todo lo que ella no le había contado y permaneció
allí, sintiendo revivir su odio y dichoso ante la idea de que al día
siguiente mataría.
«No obstante, no tengo que hacer de eso una cuestión personal. Pero ¿cómo
impedirlo? Sé que nosotros también hemos hecho cosas atroces. Pero fue
porque nosotros éramos gentes ineducadas y no sabíamos hacerlo mejor.
Ellos lo hicieron deliberadamente. Los que así obraron son el último
retoño de lo que su educación ha producido. Son la flor y nata de la
caballerosidad española. ¡Qué gentes han sido! ¡Qué hijos de mala madre,
desde Cortés, Pizarro, Menéndez de Avilés hasta Enrique Lister y Pablo!
¡Y qué gente tan maravillosa! No hay nada mejor ni peor en el mundo. No
hay gente más amable ni gente más cruel. ¿Y quién sería capaz de
comprenderlos? Yo, no; porque si los comprendiera se lo perdonaría todo.
Comprender es perdonar. Esto no es verdad. Se ha exagerado la idea del
perdón. El perdón es una idea cristiana, y España no ha sido nunca un
país cristiano. Ha tenido siempre una idea especial y su idolatría
particular dentro de la Iglesia. Otra Virgen más. Supongo que fue por eso
por lo que tuvieron que destruir las vírgenes de sus enemigos.
Seguramente, este sentimiento era más profundo en ellos, en los fanáticos
religiosos españoles, que entre la gente del pueblo. La gente del pueblo
se apartó de la Iglesia porque la Iglesia era el Gobierno y el Gobierno
ha sido siempre algo podrido en este país. Este fue el único país adonde
no llegó nunca la Reforma. Está pagando ahora la Inquisición, y es
justo.»
Bueno, aquello era algo como para pensar un rato. Algo como para impedir
al espíritu que se preocupase demasiado por su trabajo. Y en todo caso
era más sano que pretender engañarse. ¡Cómo lo había pretendido aquella
noche! Y Pilar estuvo queriendo hacer lo mismo todo el día. Seguro. ¿Y si
morían al día siguiente? ¿Qué importaba, mientras el puente volase como
era debido?
Eso era todo lo que tenían que hacer al día siguiente.
Morir no tenía ninguna importancia. No se puede hacer indefinidamente esa
clase de trabajo. No se está destinado a vivir indefinidamente. «Quizás
haya tenido toda una vida en tres días –pensó–. Si eso es así, hubiera
preferido pasar esta última noche de una manera distinta. Pero las
últimas noches nunca son buenas. No son nunca buenas las últimas nadas.
Sí, las últimas palabras son buenas a veces. ¡Viva mi marido, que es el
alcalde de este pueblo! Aquello sí que fue bueno.»
Sabía que había sido bueno, porque al repetirlo sentía un escalofrío por
todo el cuerpo. Se inclinó para besar a María, que no se despertó. Muy
quedamente, le dijo en inglés: «Me gustaría casarme contigo, conejito. Y
estoy muy orgulloso de tu familia.»

miércoles, 28 de octubre de 2015

Cuba & Hemingway- Ernest Hemingway

Cuba & Hemingway

Corría la primavera de 1928 cuando Ernest Hemingway pisó por vez primera tierra cubana. Arribó procedente de Francia en el vapor Orita y una breve escala en La Habana bastó para decidir su futuro, porque el ya famoso autor de “Adiós a las armas” quedó atrapado por los encantos de la ciudad que después sería testigo de sus numerosas andanzas durante años.

En el transcurso de su agitada vida muchas urbes acapararon la atención de aquel hombre de lento andar y mirada escrutadora, pero ninguna como La Habana lo imantó, sobre todo después que regresó a pescar agujas durante una temporada en la que anzoló diecinueve especies que lo vincularon para siempre a la vida del mar y el inconfundible olor al salitre que se impregna en la piel hasta llegar al corazón.
El escritor Lisandro Otero reveló de Hemingway que en Cuba descubrió el sabor del aguacate, la piña y el mango. De todo eso habló Ernest en un artículo al que tituló: "Agujas lejos del Morro: una carta cubana", que publicó en la revista Esquire, en el número de otoño de 1933.

Su segunda estadía en Cuba había ocurrido de abril a junio de 1932, la tercera un año después. Durante ese período escribió dos de sus mejores cuentos y advirtió que el clima cubano, y su actividad deportiva, lo vigorizaban física y mentalmente. Expresaba que Cuba "lo llenaba de jugos", que era su manera de decir que allí lo invadía una gran energía creativa.

En ese entonces “descubrió” el Hotel Ambos Mundos, una joya arquitectónica que se conserva como si el tiempo se hubiese detenido.

Ese sería el paradero del espigado escritor estadounidense. La habitación, marcada con el número 511 se mantiene tal como él la conoció. Desde ella oteaba el azul marino por el norte, y por el este la entrada del puerto.
Además, venía la Catedral. El poblado de Casablanca, los tejados coloniales y los muelles. En 1937 la capital cubana y el país en sentido general vivían una etapa difícil. Los problemas sociales que se sucedían en esa década calaron profundo en sus sentimientos.
Entonces escribió su novela “Tener y no tener”, cuya trama tiene lugar en La Habana y Cayo Hueso.
En la obra plasmó: "Ya sabes cómo es La Habana por la mañana temprano, con los vagabundos que duermen todavía recostados a las paredes; aun antes de que los camiones de las neverías traigan el hielo a los bares. Bien, cruzamos la plazoleta que está frente al muelle y fuimos al café La Perla de San Francisco y había sólo un mendigo despierto en la plazoleta y estaba bebiendo agua de la fuente".
Harry Morgan, principal personaje de esa novela, pregunta a un revolucionario cubano qué clase de revolución harán sus compañeros: "Somos el único partido revolucionario... queremos acabar con los viejos politiqueros, con el imperialismo yanki que nos estrangula y con la tiranía del ejército.
Vamos a comenzar de nuevo para darle a cada hombre una oportunidad.
Queremos terminar la esclavitud de los guajiros... dividir las grandes fincas azucareras entre quienes las trabajan... Ahora estamos gobernados por rifles, pistolas, ametralladoras y bayonetas... Amo a mi país y haría cualquier cosa... por librarlo de su tiranía."
En 1939 buscaba la tranquilidad que añoraba, cuando encontró la Finca Vigía, en San Francisco de Paula una barriada en las afueras de la ciudad.
En un primer momento no le convencía el entorno. Le parecía demasiado lejano y si adoptó la decisión fue por complacer a su esposa. Quizás por eso prefería pasar el tiempo en La Habana, o en su yate Pilar.
La casa fue remodelada y en 1940 adquirió la propiedad de un lugar que lo marcaría para la eternidad. "Por quién doblan las campanas" fue la primera gran obra escrita allí.
Palmo a palmo recorrió las adoquinadas y estrechas calles de una ciudad que loiba envolviendo cada vez más. Con frecuencia acudía al restaurante El Floridita, para refrescar el cuerpo y tal vez su alma con el daiquirí, uno de los tragos más exquisitos de la coctelería nacional.
En la actualidad tras esas huellas muchos turistas acuden a la famosa Bodeguita del Medio, atrayente lugar donde el escritor solía acudir para conversar, entre mojito y mojito con el viejo Martínez, dueño del establecimiento.
Con mucho tino comentó que entre las bebidas cubanas prefería tomar su daiquirí en El Floridida y su mojito en la Bodeguita del Medio.
En Cojímar, pueblo de pescadores, conoció a Gregorio Fuentes, devenido inseparable compañero de andanzas tras las especies marinas en aguas del Golfo. Ese mismo Gregorio que capitaneó el yate Pilar, resultó magnífica inspiración para su obra maestra “El viejo y el mar”.
Cuando en 1954 recibió el Nobel de Literatura, dijo: “Este es un premio que pertenece a Cuba porque mi obra fue pensada y creada en Cuba, con mi gente de Cojímar de donde soy ciudadano. A través de todas las traducciones está presente esta patria adoptiva donde tengo mis libros y mi casa”.
Sentía una inmensa deuda con un pueblo que lo quiso y lo admiró. Eso se explica tal vez en su decisión de ofrendar la medalla del Premio Nobel a la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba.
Tras el triunfo de la Revolución en Cuba se mantuvo inalterable en su finca.
Conoció a Fidel Castro y juntos compartieron una jornada de pesca y como viejos amigos dialogaron durante horas. Por eso a nadie extrañó cuando en 1960 al trasladarse enfermo a Estados Unidos, un periodista inquirió su opinión acerca del proceso que comenzaba a gestarse en la Isla.
Ernest Hemingway no vaciló un instante en responder: "La gente de honor creemos en la Revolución Cubana."
Su estado de salud se quebrantaba cada día más. Él lo sabía y quiso tomarle la delantera a la parca mediante la terrible decisión que aceleró lo inevitable.
Junto a todas las cosas buenas que atesoraba en el alma también se llevó a la tumba su amor por Cuba.
La actual habitación 511, convertida en santuario que honra la estancia del novelista, atesora varios objetos en sus 16 metros cuadrados: cama matrimonial de madera, dos mesitas de noche y una mesa de escribir con su silla, aunque él prefería hacerlo descalzo y de pie, apoyando su máquina portátil en el alféizar de la ventana.
Vivió en ese lugar durante siete años (1932-1939). Incursionó en diversos géneros, desde excelentes crónicas sobre la pesca como “Agujas a la altura del Morro, publicadas en la revista Esquire, hasta profundos análisis de otros temas editados en varios países.

Localizado apenas a unos 20 metros del Palacio de los Capitanes Generales, en la calle Obispo # 153 esquina a Mercaderes el hotel Ambos Mundos vive momentos de esplendor en pleno siglo XXI después de ser remozado cuidando al máximo los más mínimos detalles que le acompañaron desde su construcción en 1923.
Bajo la administración de Habaguanex S.A. el centro dispone de 52 piezas dobles estándar y cuatro minisuites. Su capacidad máxima supera el centenar huéspedes.
El hotel Ambos Mundos, con categoría cuatro estrellas, es frecuentado por el turismo internacional que persigue la simbiosis entre la tradición de las vetustas edificaciones y la modernidad de nuestros tiempos.
Cobra especial significado la habitación 511, adonde puede accederse
cualquier día de la semana a partir de las diez de la mañana y hasta las cinco de la tarde.
En el corazón de la Habana Vieja, nominada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, esta joya de la hotelería cubana es admirada por muchas razones, pero tal vez una de las más importantes es que allí Ernest Hemingway vive todavía...


1928: El primero de abril, a las 10.50 de la noche, con cielo nublado y brumoso, hace escala en el puerto de La Habana el vapor Orita, de paso hacia la Florida.
Hemingway viajaba allí acompañado de su segunda esposa Pauline Pffeifer, que estaba embarazada. El barco había zarpado desde La Rochelle, Francia.


1930: Comenzó a realizar continuas navegaciones hacia la cayería de
Romano, en el norte de la provincia de Camagüey. Aquellos viajes incluían los litorales donde se encuentran los mayores y más extensos cayos del país.


1934: El estreno de su mítico yate Pilar se realizó mediante una navegación de cuatro meses en la cayería de Romano, embarcadero del Guincho, Nuevitas, desde donde viajó por tren a Camagüey y visitó el central Santa Amalia acompañado por James Mason y Carlos Gutiérrez.


1937-38: De tránsito para España, o de Estados Unidos hacia otros países europeos, en cuatro ocasiones hace breves estancias en La Habana y se aloja en el hotel Ambos Mundos, e incluso realiza un viaje a Camagüey, exactamente a La Gloria City, comunidad fundada por estadounidenses en esa región de la Isla.


1939: A su regreso de España se instala de nuevo en el hotel Ambos Mundos donde comienza a escribir “Por quién doblan las campanas”.


1940: Decide instalarse definitivamente en Cuba, en la finca La Vigía. No se conoce otra casa además de ese lugar donde haya echado anclas el escritor.
Hasta ese momento había escrito en parajes ocasionales, desde cantinas hasta cuartos de hoteles. Aquí tuvo su biblioteca, sus animales preferidos, sus objetos más variados.


1942-43: Se dedicó a perseguir submarinos alemanes en la cayería de
Romano, donde por esos años habían tenido lugar operaciones de guerra y actividades de los poderosos grupos fascistas.


1945: Comienza a escribir aquí su extensa novela sobre la Segunda Guerra Mundial, libro que nunca publicaría en vida -The sea book- relegado por él en 1947.


1949: A su regreso a Cuba, después de varios meses en Italia, desgaja de su novela sobre la Segunda Guerra Mundial tres de sus libros más conocidos: “A través del río y entre los árboles”, “El viejo y el mar” y “París es una fiesta”.


1954: Es acreedor al Premio Nobel y se lo dedica al pueblo cubano. Deposita la medalla en el santuario erigido a la Virgen de la Caridad del Cobre, ubicado en un pequeño pueblo en las cercanías de Santiago de Cuba.


1960: Al ser abordado en Estados Unidos por periodistas que le comentaron calumnias contra Cuba, Hemingway cortó la conversación: “¿Han terminado, señores? Yo creo que todo anda muy bien por allá. Las personas de honor creemos en la Revolución cubana”.


1961: Conocedor de las profundas transformaciones políticas que se producían en Cuba y la hostilidad del gobierno de los Estados Unidos, Ernest Hemingway decide, poco antes de suicidarse, legar al pueblo cubano su casa, su biblioteca y los objetos que allí guardaba. También en el testamento dejó el yate Pilar a Gregorio Fuentes, con la voluntad expresa de que la embarcación de sus
mejores aventuras siguiera navegando por las aguas de la Isla.
Cojímar, pueblo de pescadores . Cojímar es una zona costera al este de la capital. Pueblo de pescadores y de gente sencilla capaces de cultivar amistades duraderas.
Eso le sucedió a Gregorio Fuentes a partir del momento en que conoció aErnest Hemingway.

El pescador y el escritor eran el uno para el otro. Tan inseparable como lo fuede Cojímar aquel hombre alto y simpático que andaba contando anécdotas entre los pobladores. Tanto quiso al lugar que llegó a calificarlo como “mi patria chica”.
Allí, en el rústico muelle, solía verse el yate Pilar, cuando “Papa” regresaba a su remanso en San Francisco de Paula, después de las jornadas de pesquería.
Allí comenzó a forjarse la idea de escribir “El viejo y el mar”.
Mientras el viento batía del norte él solía degustar exquisitos platos confeccionados con mariscos en el más frecuentado restaurante de toda la región y que hoy todavía existe con el patronímico de Las Terrazas de Cojímar.

Al crearse en 1976 una nueva división político-administrativa en el país, Cojímar pasó a formar parte del municipio Habana del Este, territorio donde se  construyeron las más importantes instalaciones para los XI Juegos panamericanos realizados en la capital cubana en 1991.

Los 20 000 vecinos de Cojímar saben que Hemingway les pertenece. Su figura honra el parque y desde allí otea el azul del mar. Los más jóvenes conocen su real dimensión como escritor; los más viejos se acuerdan de su risa y su carácter jovial, pero tal vez no sepan que “Jemin” escribió “Adiós a las armas”, “Las nieves del Kilimanjaro” o ¿Por quién doblan las campanas?

El Floridita

Un caluroso mediodía habanero Ernest Hemingway visitó por primera vez El Floridita, un bar restaurante de la calle del Obispo. Se sentó -y siempre lo haría en el mismo lugar- en la primera banqueta, sitio donde fue develado un busto en su honor, en 1954.
El Floridita le sirvió de refugio y allí departía con muchos amigos y hasta con coterráneos que venían a visitarlo. Allí prácticamente creó un trago especial de daiquirí con su nombre. Se trata del “Papa Doble” o “Hemingway Especial” una variente a base de ron blanco cubano, jugo de toronja limón, marrasquino y hielo. Al trago original le suprimió el azúcar, pero le duplicó el ron.
De esos “daiquiries” se bebía a veces durante algunas horas unos 12 vasos y como si fuera poco, se llevaba uno en cada mano para continuar con su hobbie en el viaje de regreso a La Vigía.

Las visitas de Papá Hemingway fueron más seguidas a partir de 1940. Allí creó un círculo de amigos cubanos que se reunían en torno a él en “su esquina”.
Se hizo acompañar en El Floridita de amigos ilustres como los duques de Windsor,Errol Flynn, Gene Tunney, Jean Paul Sartre, Gary Cooper, Dominguín -famoso torero de la época-, Tennesse Williams, Charles Scribner, Spencer Tracy, Rocky Marciano,
Ava Gardner, Samuel Eliot Morison, Buck Lanham, Herbert Mattews.
Al pie de un dibujo que identifica el lugar exacto donde frecuentaba el novelista se leyó en la revista Esquire: El bar El Floridita, en La Habana, es una institución de probidad, donde el espíritu del hombre puede ser elevado por la conversación y la compañía. Es
una encrucijada internacional. El ron, necesariamente, domina, y como en el caso de muchos grandes bares, el estímulo de la presencia de un hombre famoso presta una atmósfera especial, una sensación de amistosa filosofía por la bebida: el residente cubano Ernest Hemingway.

Ernest Hemingway y Fidel

Aquel encuentro para la historia entre Ernest Hemingway y Fidel Castro tuvo lugar eldomingo 15 de mayo de 1960. Un estrechón de manos unía a dos personas que se admiraban mutuamente antes de conocerse.
Era la décima ocasión que se realizaba un torneo de pesca de la aguja con el nombre del afamado escritor estadounidense y los organizadores del certamen hicieron las coordinaciones pertinentes para que se produjera el trascendental momento.
Hemingway acudió a la cita con su Pilar; Fidel lo hizo a bordo del Cristal y estuvo acompañado por Ernesto Che Guevara. El pretexto no podía ser mejor, porque consistía en que ambos participaran en la contienda tras agujas, casteros y dorados.
Ocho horas de competencia fueron suficientes para que el Jefe de la Revolución cubana, sin apartarse un instante de la vara y el carrete, se erigiera como máximo acumulador individual.
Alguien allegado al autor de “El viejo y el mar” comentó que Ernest, al entregarle el trofeo a Fidel le dijo: “Tal vez usted sea un novato en la pesca, pero ya es un pescador afortunado.”
El hombre que solía vestir de guayabera con pantalones cortos jamás ocultó su admiración por el proceso que comenzaba a gestarse en Cuba en los primeros años de la década de los 60 del pasado siglo. “Después de tanto tiempo en este país me considero un verdadero cubano”, dijo.
“Nunca vi algo tan maravilloso como “El viejo y el mar”, ha comentado Fidel, para quien sus títulos fueron para él fuente de conocimientos históricos y geográficos.
Igualmente aseveró que “Por quién doblan las campanas” tuvo una gran influencia en una etapa de su vida cuando buscaba una salida a una situación complicada en la Isla.
Sentenció que Cuba no merece ningún agradecimiento por la labor realizada en la preservación de la documentación existente en La Vigía (Museo Hemingway), pues no haberlo hecho sería una muestra de incultura.
Gregorio Fuentes "Todo sobre él era viejo, excepto sus ojos, que eran del mismo color del mar, alegres e inderrotables", escribió Hemingway en su obra cumbre. Así describía al inseparable
amigo Gregorio Fuentes, nacido el 11 de julio de 1897 en Islas Canarias y trasladado a Cuba junto a sus padres cuando él tenía seis años.

Se conocieron en 1928 en Dry Tortuga, pero los lazos amistosos se profundizaron a partir de los años 30 cuando Ernest, impresionado por la esmerada labor que realizaba Gregorio, lo contrató para que trabajara en el yate Pilar.

A estos hombres los unía la pasión por la pesca. El mar abierto fue el telón de fondo de una gran carrera literaria y una leyenda. Fuentes era un marinero nato: cabalgó cuatro huracanes, cruzó a nado aguas infestadas de tiburones para rescatar a un hombre que se estaba ahogando, y podía sentir en sus huesos el lugar exacto por
donde pasarían el pez vela, el pez aguja o el tarpón más grandes. Al menos, así lo afirmaba Hemingway.
Siempre vivió en un modesto hogar el poblado pesquero de Cojímar, Su existencia
llegó hasta los 104 años, cuando aquella mañana dominical el cansado corazón dejó de latir, quizás cuando su mente urdía otra aventura marina.
Unos meses antes del adiós, Gregorio recibió el título honorifico de Capitán de la Asociación Internacional de Pesca Deportiva (IGFA). Ese día, en el Club Náutico que lleva el nombre de su patrón, aquella leyenda viviente contó anécdotas y charló animadamente, siempre con su inseparable tabaco en las manos.
Después del suicidio de Hemingway, Fuentes jamás regresó al mar y tampoco tomó una caña de pescar. Siempre se negó a aceptar la realidad de la muerte de Papa al calificar de absurdas las causas del suicidio y en más de una ocasión se refirió a su  muerte como una conspiración.
“Yo no he dejado de llorar a “Papa” un solo día en todos estos años”, comentó el viejo pescador el día en que rodeado de amigos festejó sus 100 años de edad. Antes Hemingway, refiriéndose a Gregorio escribió simplemente: “Fue una suerte encontrarlo”.

Ayer hogar; hoy museo

En Finca Vigía, una extensión de nueve hectáreas sobre una colina ubicada en el municipio San Miguel del Padrón, al este de La Habana, Hemingway vivió desde 1940 y hasta 1960 y allí recibió a numerosos amigos, como los actores Gary Cooper, Esther Williams e Ingrid Bergman o los toreros Dominguín y Ordóñez.

Allí concibió varias de sus obras más difundidas y el apacible recinto se mantiene tal y como lo dejó cuando emprendió el último viaje a Estados Unidos, cuando su salud se quebrantaba de manera irremediable.
Hoy en día esta casa es un verdadero museo sobre uno de los más famosos escritores norteamericanos, lleno de muestras únicas de su personalidad, estilo de vida y últimos años. Tal parece que de un momento a otro irrumpirá el escritor para revisar sus escritos inconclusos.
El Museo se inauguró en 1962, en conmemoración al primer aniversario de la muerte del escritor y el sexágesimo tercero de su natalicio, un año después de que la viuda de Hemingway, Mary Welsh, regresara a Cuba para donar al país, compliendo así la voluntad de su esposo, la propiedad en su totalidad y los objetos personales del Dios de Bronce de la literatura norteamericana.

El museo Hemingway es un perfecto reflejo de las costumbres y los gustos del novelista y resumen del llamado período Cuba de su vida.
El recinto atesora miles de documentos y entre ellos se encuentra un epílogo rechazado de su libro "Por quién doblan las campanas", 3 000 fotografías y negativos sin revelar y cartas de Adriana Ivanchich, la condesa italiana de 19 años de la que Hemingway se enamoró locamente.
Los estudiosos de su obra tienen especial interés en la colección de 9 000 libros que reposan en estantes diseminados hasta en el baño, muchos de estos libros tienen anotaciones en los márgenes y esos apuntes pueden ayudar a conocerle mejor.
El Museo Hemingway resulta un sitio atractivo para cualquier visitante en la Isla, sobre todo de quienes admiran la obra del excelente autor.

Jaimanitas

Ubicado al oeste de la capital, Jaimanitas -al igual que Cojímar- es también un poblado de pescadores frecuentado por Ernest Hemingway en la década de los años 30 del pasado siglo.
Distante a unos 300 metros de la actual Comunidad Turística que lleva el nombre del célebre escritor estadounidense, Jaimanitas cobró notoriedad a partir de rumores de incursiones por mar de contrabandistas de alcoholes y licores, según investigación de
Mario Masvidal Saavedra.
Cuenta el investigador que las visitas, tanto por tierra como por mar, fueron muy frecuentes por parte de Hemingway, quien entre otras personas, había conocido allí a los esposos George Grant y Jane Mason, dueños de una embarcación de recreo llamada Pelícano II.
Una de las primeras referencias -y la única explícita- a Jaimanitas aparece en su pieza teatral “La 5ta columna”, publicada en 1938, según cuenta el investigador.
La otra es más bien una sospecha. Se trata del relato “Nadie nunca muere”, editado al año siguiente y para algunos especialistas y estudiosos el escenario del cuento es la playa de Jaimanitas, más exacto: la casa donde el héroe se esconde es la mansión de
los Mason en ese poblado, lugar frecuentado de tal manera por Ernest, hasta el punto de suscitar rumores de un posible romance suyo con la señora Jane.
Creó lazos de amistad con una familia de origen mayorquín. Muchas anécdotas quedaron por escribir, sobre todo aquellas que atesoraba Guillermo Cunill, fallecidohace algunos años y quien se enorgullecía cuando contaba a ratos: “Yo muchas veces tomé “wisky” con “Papá”. Él y yo éramos iguales: ¡pescadores y de los buenos!

Aire de una isla

En el año 1937, Ernest Hemingway parte de Nueva York rumbo a España,
como corresponsal de guerra de NANA (North American Newpaper Aliance).
Por entonces está casado con Pauline Pfeiffer, una redactora de la revista Vogue que había conocido en Australia, en abril de 1926. Sin embargo, en el nuevo destino, otra mujer estaría a su lado: Martha Gelhorn, quien a la postre sería una enemiga para el soberbio norteamericano.
Martha era una joven de 28 años, autosuficiente, que tenía el doble
inconveniente de ser atractiva y talentosa. Hemingway lo había advertido desde un principio y por eso, tal vez, le molestaba la independencia de su amante.
En julio de 1939, Ernest comienza a frecuentar el hotel “Ambos Mundos”, en La Habana Vieja. Ocupa la habitación 511. Ese espacio lo tomaría como estudio aunque a Martha no le gustara. Una tarde, después de pelearse a los gritos, la periodista decide salir fuera de la ciudad manejando un auto arrendado. Al llegar a San Francisco de Paula, un pueblito ubicado a 11 km al sureste de La Habana, se choca con una residencia totalmente arruinada donde había vivido
la familia D’orn. Decide parar y la visita. Esa casa no es otra que Finca La Vigía. Martha alquilaría la propiedad por 100 dólares mensuales y se obstinaría en restaurarla. Toda la inversión correría por su cuenta porque, para Hemingway, los gastos eran excesivos.
El destino quiso que el caserón ubicado estratégicamente en una colina, construido por el arquitecto español Miguel Pascual y Baguer, fuera el sitio de residencia del novelista entre 1939 y 1960. Comprada finalmente por Hemingway en 18.500 dólares, con una vista espectacular a las tres colinas de San Francisco, rodeada de una vegetación incomparable, Finca La Vigía mantuvo en sus cuatro hectáreas, a la casa principal, al mirador, al bungalow, la piscina, el cementerio de gatos bajo la puerta del comedor de la casa, el de
perros en el sendero de la pileta, todo tipo de hortalizas, flores, plantas, 18 variedades de mango y en el ingreso a la casa, una ceiba cuyas raíces Ernest se negaba a recortar. Acompañaban el ensueño, la mística del norteamericano hecho al rigor del Caribe y la verdad literaria que transformaría al escritor en un habitante de ese suelo al que amaría hasta la confesión de reconocer a esa casa como su único y verdadero hogar.
Martha fue una pasajera, una visitante, al igual que todos los que desfilaron por la mansión, tal el caso de Jean Paul Sartre, Ava Gardner, Gary Cooper, Graham Greene, entre otros. Ella tenía “historia propia” y cuidaba su carrera más que la relación afectiva. Quedaría demostrado el celo de Hemingway, cuando Martha recibió un pedido de la revista Collier’s para escribir una serie de crónicas sobre la actividad alemana en el Caribe. Gelhorn para no contrariarlo desecharía la oferta, pero, a fines de 1943, aceptaría escribir desde Inglaterra, África del Norte e Italia. Es ahí donde la felicidad de la pareja empieza a fracturarse. A tal punto llega la rivalidad de ambos que Hemingway no dudaría en ofrecerse a Collier’s como corresponsal de guerra. Participará así, el 6 de junio de 1944, del “Día D” en Normandía. También se uniría a la
Cuarta División de Operaciones y llegaría triunfante a la liberación de París el 25 de agosto de ese año. En esos momentos, de paso por Londres, conoce a Mary Welsh y allí se le divide el corazón. En noviembre Martha, ya cansada, le comunica su deseo de divorciarse. En diciembre se dejan de ver. Cuatro meses después, el 11 de abril de 1946, Hemingway ya no se separaría de Mary Welsh, la mujer que estaría a su lado hasta el día de su muerte.

Como pez en el agua


Haroldo Conti, en una nota publicada en la revista Crisis, del mes de julio de 1974, titulada “La breve vida feliz de Mister Pa”, recrea un diálogo mantenido con Gregorio Fuentes Betancourt —alias “Pellejo Duro”—, quien trabajaría para Hemingway durante 27 años asistiéndolo en el Pilar, la embarcación que formara parte de la vida aventurera de Ernest. En esa conversación íntima, Hemingway dice: “—Viejo, los dos somos hijos de la muerte. Quiero a este barco tanto como si fuera un hijo más. No sé cómo disponer de él, pero en caso de que me pase algo, ¿tú qué harías, viejo?
—Lo sé.
—Dímelo, por favor.
—Pues lo sacaría a tierra y lo pondría en el jardín de la finca. Y si tuviera algo de dinero mandaría a hacer una estatua de usted sentado en una banquina, al lado del barco, con un vaso en la mano.
—Es buena idea. Si me ocurre algo, trata de hacerlo”.
Esa fantasía de Gregorio fue realidad. La embarcación que Hemingway compró en 10.000 dólares se llamó “Pilar”, en homenaje a la basílica Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza y también en honor al apodo que Pauline —su segunda esposa— utilizó en muchos telegramas que enviaba a Ernest para no llamar la atención de Hadley Richardson, su primera mujer.

El yate, adquirido en un astillero de Brooklyn en 1934, es una embarcación realizada en caoba y roble, de 11,86 metros de eslora y 3,65 de manga, dotada de un motor Chrysler de 100 HP, que “Papá” usó para capturar peces aguja y perseguir submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Sobre este aspecto hubo muchas historias, algunas decididamente inventadas y otras que fueron parte de la realidad. Conviene al respecto acudir al libro de Enrique Cirules Hemingway en la cayería de Romano (Editorial José Martí; 128
páginas; Cuba, 1999) donde el autor pormenoriza las travesías de Hemingway desde Cayo Francés a Faro Mat, entrada del puerto de San Fernando de Nuevitas, entre 1942 y 1943. En 1942, el entonces embajador Spruille Braden cargaría con una frase que dejaría blanqueado el asunto: “Hemingway colaboró para nosotros desde su finca de La Habana dos veces por semana. Reunió a un grupo de cuatro hombres que trabajaban todo el día”. Aquella tarea le permitió a ”Hem” juntar una asociación de personajes marginales que merodeaban los cafés del puerto cubano. Así reclutó una docena de estafadores, con el objeto de perseguir a 25.000 “falangistas violentos” que vivían en la isla. También se suponía que unos 1.000 submarinos alemanes podrían circular por las aguas del Caribe y su propósito
no sería otro que convertir a Cuba en un punto de avanzada contra los Estados Unidos. Braden, un personaje adicto al alcohol y a los deportes, le entregaría a Hemingway 1.000 dólares mensuales y 122 galones de nafta que el escritor utilizaría para darse el lujo de viajar sin problemas, pescar a su antojo y jugar al espionaje. La situación en nada agradó al FBI, que calificó la travesura como
“una torpe e infantil empresa de fulleros de carácter sensacionalista”.
Tiempo después tendría peso la versión sobre la verdadera participación de Hemingway en todo este proyecto. El FBI lo negaría al igual que el propio escritor, pero valederos documentos darían cuenta de que, en un principio, Ernest estaba cerca del grupo de inteligencia y, posteriormente, todo hacía pensar en una traición.
En 1960, Hemingway se alejaría de Cuba para no volver jamás. Viaja a Nueva York, pasa por Madrid y de regreso a su país se instala en una finca de Idaho.

Lejos de la vida y cerca del cielo.

En 1962, con la autorización de Mary Welsh, se declara a Finca La Vigía como museo. Lo inauguraría, en 1964, el escritor Alejo Carpentier. Recién en 1970 el yate Pilar es llevado a la casona de San Francisco de Paula y se decide colocarlo en el lugar que fuera la cancha de tenis. Fue restaurado por última vez en 1968, en los astilleros Chillima de La Habana.
Desde entonces la casa y el barco son testigos de una paulatina decadencia.

La casa vacía

Finca La Vigía guarda cientos de recuerdos, innumerables historias y
numerosos acontecimientos ligados a Ernest Hemingway. En esa casa se
paseó desnuda Ava Gardner. Allí se intentó asesinar a Fidel Castro. A esa mansión lo llamaron para comunicarle al novelista que le habían otorgado el Premio Nobel.
No hace falta decir que para Cuba este lugar es sagrado. Forma parte de su cultura y es un atractivo sin discusión para el turismo. Por muchos años, la voluntad de las autoridades del hoy museo hizo posible que la mística de la poltrona del comedor se mantuviese ocupada y en silencio, y que esa figura del hombre con torso desnudo, barba canosa y bermudas gastadas, cruzara el parque buscando a los gatos.
En 1999, centenario del nacimiento de Hemingway, todo parecía una fiesta.
Cuba era una fiesta. Se recordaba a “Papá” como si estuviera vivo. Tres años después, el 16 de marzo de 2002, el ex presidente estadounidense James Carter visitaba, con su esposa Roselyn, la mansión, y se comprometía a que, en el corto plazo, expertos norteamericanos visitaran Finca La Vigía para colaborar con técnicos cubanos en la restauración del museo. Seis meses más tarde se firmaba un acuerdo entre el Social Science Research Council y el
Congreso del Patrimonio Cultural de Cuba, para la recuperación,
conservación y digitalización de unos 11.000 libros, cartas, folletos, revistas y documentos que Hemingway acumuló en su paso por la isla. Aunque parezca mentira, la Fundación Rockefeller y la Fundación de Preservación Hemingway también estamparon su firma y se pusieron de acuerdo para destinar el dinero que hiciera falta en el desarrollo del proyecto. Más aun, se confirmaba la restauración de la finca y del yate Pilar. Hasta allí, una primavera. Incluso la
directora del museo, Ada Rosa Alfonso, convocó espontáneamente a expertos para que se iniciara la obra, mucho antes que la partida presupuestaria acordada llegara. Pero, como un huracán, el presidente George Bush trabó los fondos recaudados por el National Trust of Historic Preservation, quien había escogido a la finca La Vigía como primer centro de atención en el extranjero, escudándose la medida en el embargo económico impuesto a Cuba desde hace más de 45 años. Fue la vocera de la Oficina de Control de Activos en el
Exterior del Departamento del Tesoro la que duramente afirmó: “No deseamos favorecer algo que ponga dinero en manos de Castro”.
Después de su reelección, el mandatario norteamericano sistemáticamente recorta envíos ya asignados sin ninguna consulta previa con el Congreso de la Nación. Esto disgusta a muchos americanos, pero es uno de los tantos ejemplos de cesarismo del presidente.

Cartas de amor desde el frente

El material epistolar encontrado en Finca La Vigía es parte de la
documentación que recibirá la Biblioteca Kennedy. La tarea de
búsqueda es un mérito de Felipe Cunill, Humberto Crespo y Norberto
Fuentes, todos investigadores cubanos que lucharon para rescatar
estos textos que tienen como única destinataria a Mary Welsh,
apodada por el propio “Papá” como Pickle (Pepinillo). El mal estado de conservación de muchas cartas obligó a los especialistas a un
verdadero esfuerzo, dado que las mismas no se encontraban en
óptimas condiciones para su lectura. Tampoco nadie pensó que algún
día fuera previsto publicarlas, de ahí que las epístolas tengan, además de un valor afectivo, un sustento testimonial. Con posterioridad al relevamiento realizado en 1989, los expertos norteamericanos y cubanos reconocieron la documentación y certificaron su autenticidad.
En exclusividad, aquí damos a conocer una de esas cartas.

Noviembre 11, 1944

Queridísima Pickle:
He pensado mucho en ti y te he amado mucho durante todo el día.
Espero que tengas un buen viaje. Anoche nevó mucho al igual que
esta mañana. Ahora el tiempo ha mejorado un poco. Esta región es
bella aunque salvaje, de difícil acceso, mucho más inhóspita que donde estábamos antes, es la peor que he visto hasta ahora. Me siento igual sobre las perspectivas, pero interiormente tengo la sensación de felicidad de que nada me importa, que siempre se apodera de mí algo cuando se van a armar los líos. Sin embargo las cosas no son las mismas cuando se combate y los ciudadanos no combatientes tratan de molestar a los combatientes (en esto no hay Día D ni hora H).
Además el ejército es un negocio de eternos celos y de nuevas y viejas envidias, y de que si te portaste mal conmigo aquí, me desquitaré allá.
A uno lo afecta tanto porque conoce la metafísica de todo este
proceso. Desde el principio el señor de la calavera y las tibias cruzadas
lo había seleccionado. Sencillamente aprendo lo suficiente para poder seguir adelante; es una triste continuación de las inquietudes del sistema de categorías de Yale y de las asociaciones universitarias.
Más o menos trato de explicarles a los compañeros que simpatizo todo
esto que pienso.
Ha caído nieve, nieve y más nieve y además, lluvia, lluvia y más lluvia.
Un clima de mierda. Espero que donde estés el tiempo haya sido
mejor. La nieve empeora terriblemente los problemas. Ayer iba en un
jeep que tenía el parabrisas tan lleno de barro y nieve que no se veía casi nada. Estuvimos a 20 metros de un campo minado, atravesado
por una carretera que nos habían dicho que estaba limpia, mientras
nos dirigíamos a una aldea que también nos habían dicho que no tenía
problemas, pero que estaba finalmente ocupada por alemanes. Ya ves,
este tipo de cosas puede provocar resultados inesperados.
Soy de lo más alegre y juego todo el tiempo con los muchachos, así
que no pienses que soy un eterno tristón.
No importa que no te escriba más ahora, porque no enviaré la carta
hasta que comience el avance. Te escribo algo todos los días para no
sentirme tan solo. Cuando estoy metido en la acción puedo escribir
mucho, pero mientras espero soy incapaz de escribir nada.
Te amo, querida
Sólo tuyo.
De Ernest Hemingway. Corresponsal de Guerra.

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