miércoles, 7 de octubre de 2015

Tú tienes lo que busco - Jaime Sabines

Tú tienes lo que busco, lo que deseo, lo que amo, 
tú lo tienes. 
El puño de mi corazón está golpeando, llamando. 
Te agradezco a los cuentos, 
doy gracias a tu madre y a tu padre, 
y a la muerte que no te ha visto. 
Te agradezco al aire. 
Eres esbelta como el trigo, 
frágil como la línea de tu cuerpo. 
Nunca he amado a una mujer delgada 
pero tú has enamorado mis manos, 
ataste mi deseo, 
cogiste mis ojos como dos peces. 
Por eso estoy a tu puerta, esperando.


Te quiero porque tienes - Jaime Sabines

Te quiero porque tienes 
las partes de la mujer en el lugar preciso 
y estás completa. 
No te falta ni un pétalo, 
ni un olor, ni una sombra. 

Colocada en tu alma, 
dispuesta a ser rocío en la yerba del mundo, 
leche de luna en las oscuras hojas. 
Quizás me ves, 
tal vez, acaso un día, 
en una lámpara apagada, 
en un rincón del cuarto donde duermes, 
soy la mancha, un punto en la pared, 
alguna raya que tus ojos, sin ti, 
se quedan viendo. 

Quizás me reconoces 
como una hora antigua 
cuando a solas preguntas, te interrogas 
con el cuerpo cerrado y sin respuesta. 

Soy una cicatriz que ya no existe, 
un beso ya lavado por el tiempo, 
un amor y otro amor que ya enterraste. 
Pero estás en mis manos y me tienes 
y en tus manos estoy, brasa, ceniza, 
para secar tus lágrimas que lloro. 

¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras 
me dirás que te amo? Esto es urgente 
porque la eternidad se nos acaba. 
Recoge mi cabeza. Guarda el brazo 
con que amé tu cintura. No me dejes 
en medio de tu sangre en esa toalla.


Capítulo 5 Página 450-451. El Conde de Montecristo - Alexandre Dumas

La desconocida miró en derredor para asegu- rarse de que estaban solos, a inclinándose des- pués como si hubiese querido arrodillarse, juntando las manos y con el acento de la desespe- ración:
-¡Edmundo -dijo-, no matéis a mi hijo!
El conde retrocedió; un grito se escapó de sus labios, y dejó caer el arma que tenía en la mano.
-¿Qué nombre acabáis de pronunciar, señora de Morcef? -dijo.
-El vuestro -respondió levantando su velo-, el vuestro, que solamente yo no he olvidado. Ed- mundo, no es la señora de Morcef la que viene a veros; es Mercedes.

-Mercedes murió, señora, y no conozco ya a ninguna de ese nombre.
-Mercedes vive, y Mercedes se acuerda de vos; no sólo os conoció al veros, sino aun antes, al sonido de vuestra voz; desde entonces os sigue Paso a paso, vela sobre vos y os teme; ella no ha tenido necesidad de adivinar de dónde salió el golpe que ha herido al señor de Morcef.
-Fernando, queréis decir, señora -prosiguió Montecristo con amarga ironía-, puesto que recordamos nuestros nombres propios, re- cordémoslos todos.
Y Montecristo pronunció aquel Fernando con tal expresión de odio, que Mercedes sintió un frío temblor que se apoderaba de todo su cuer- po.
-Bien veis, Edmundo, que no me había enga- ñado y que con razón os decía: ¡no matéis a mi hijo!

-¿Y quién os ha dicho, señora, que yo quiero hacer algún daño a vuestro hijo?
-¡Nadie, Dios mío!, pero una madre está do- tada de doble vista: todo lo he adivinado, le he seguido esta noche a la Opera, y oculta en un palmera, lo he visto todo.
-Así, pues, ya que lo habéis visto todo, ¿habr- éis visto también que el hijo de Fernando me ha insultado públicamente? -dijo Montecristo con una calma terrible.
-¡Oh! ¡Por piedad!'
-Ya habéis visto que me habría arrojado el guante a la cara si uno de mis amigos, el señor Morrel, no le hubiese detenido el brazo.
-Escuchadme: mi hijo todo lo ha adivinado, y os atribuye las desgracias de su padre.
-Señora -dijo Montecristo--, os engañáis, no son desgracias, es un castigo; no he sido yo, ha

sido la Providencia la que ha castigado al señor de Morcef.
-¿Y por qué sustituís vos a la Providencia?
-exclamó Mercedes-. ¿Por qué os acordáis, cuando ella olvida? ¿Qué os importan a vos, Edmundo, Janina y su visir? ¿Qué mal os hizo Fernando Mondego al hacer traición a Alí-Tebelín?
-Pero eso, señora, es un asunto que concierne al capitán franco y a la hija de Basiliki. Nada tengo que ver con eso; decís muy bien, y por eso si he jurado vengarme, no es ni del capitán franco, ni del conde de Morcef, sino del pesca- dor Fernando, marido de la catalana Mercedes.
-¡Ah! -dijo la condesa-, ¡qué terrible venganza, por una falta que la fatalidad me hizo cometer!, porque la culpable soy yo, Edmundo, y si quer- íais vengaros debió ser de mí, que no tuve fuer- za para resistir vuestra ausencia y mi soledad.
-Pero ¿por qué estaba yo ausente y vos sola?

-Porque estabais detenido, Edmundo, porque estabais preso.
-¿Y por qué estaba yo preso?
-No lo sé -dijo Mercedes.
-No lo sabéis, señora, así lo creo; pero voy a decíroslo; me prendieron, porque la víspera misma del día en que iba a casarme con vos, en una glorieta de la Reserva, un hombre llamado Danglars escribió esta carta que el pescador Fernando se encargó de poner en el correo.
Y dirigiéndose hacia un escritorio, abrió Mon- tecristo un cajón y sacó un papel, cuya tinta se había ya enrojecido, poniendo a la vista de Mercedes la carta de Danglars al procurador del rey, que el día en que había pagado los dos- cientos mil francos al señor Boville, el conde, nombrándose agente de la casa de Thompson y French, había sustraído del proceso de Edmun- do Dantés.
Mercedes leyó temblando lo siguiente:

«Se advierte al señor procurador del rey, por un amigo del trono y de la religión, que el lla- mado Edmundo Dantés, segundo del navío El Faraón, llegado esta mañana de Esmirna, des- pués de haber tocado en Nápoles y Por- to-Ferrajo, ha sido encargado por Murat de una carta para el usurpador, y por éste de otra para el comité bonapartista de París.
»La prueba de este crimen se adquirirá pren- diéndole, pues se le encontrará la carta encima, o en casa de su padre, o en su camarote a bor- do.»
-Ay, ¡Dios mío! -dijo Mercedes pasando la mano por su frente,. inundada en sudor-, y esta carta...
-Doscientos mil francos me ha costado el po- seerla, señora, pero es barata aún, puesto que me permite hoy disculparme a vuestros ojos.
-¿Y el resultado de esta carta?

-Ya lo sabéis, señora, fue mi prisión; pero ig- noráis el tiempo que duró, ignoráis que perma- necí catorce años a un cuarto de legua de vos en un calabozo en el castillo de If: lo que no sabéis es que cada día durante estos catorce años he renovado el juramento de venganza que había hecho el primero de ellos, y sin embargo igno- raba que os hubieseis casado con Fernando, mi delator, y que mi padre había muerto... ¡de hambre!
-¡Santo cielo! -exclamó Mercedes.
-Pero lo supe al salir de mi prisión; y por Mercedes viva y por mi padre muerto, juré vengarme de Fernando, y me vengo.
-¿Y estáis seguro de que el desgraciado Fer- nando hizo eso?
-Por mi alma, señora, lo ha hecho como os lo digo; y además ¿no es mucho más odioso el haberse pasado a los ingleses  siendo  francés por  adopción;  siendo  español  de  nacimiento

haber hecho la guerra a los españoles; estipen- diario de Alí, venderle traidoramente y asesi- narle? Ante tales hechos, ¿qué es la carta? Una mixtificación galante que debe perdonar, lo reconozco y lo confieso, la mujer que se ha ca- sado con ese hombre, pero que no perdona el amante que debió casarse con ella. Ahora bien, los franceses no se han vengado nunca del trai- dor: los españoles no le han fusilado. Alí desde su tumba ve sin castigo al asesino; pero yo, en- gañado, asesinado, enterrado vivo en una tum- ba, he salido de ella, gracias a Dios, y a Dios debo la venganza; me envía para eso y aquí estoy.
La pobre mujer inclinó la cabeza, dobláronse sus piernas y cayó de rodillas.
-Perdonad, Edmundo, perdonad por Merce- des que os ama aún.
La dignidad de la esposa detuvo el ímpetu de la amante y de la madre.

Su frente se inclinó casi hasta tocar la alfom- bra.
El conde se acercó a ella y la levantó.
Sentada en un sillón, pudo en medio de sus lágrimas ver el rostro varonil de Montecristo en el que el dolor y el odio se pintaban de un mo- do amenazador.
-¡Que no haya yo de extirpar esa raza maldi- ta... ! ¡Que desobedezca a Dios que me ha sos- tenido para su castigo... ! Imposible, señora, imposible...
-Edmundo -dijo la pobre madre tocando to- dos los resortes-, Edmundo cuando  os  llamo por vuestro nombre, ¿por qué no me res- pondéis Mercedes?
-¡Mercedes! -repitió el conde-, ¡Mercedes! Sí, tenéis razón, aún es grato para mí ese nombre, y he aquí la primera vez hace mucho tiempo que resuena tan claro en mis oídos al salir de mis labios. ¡Oh, Mercedes!, he pronunciado

vuestro nombre con los suspiros de la me- lancolía, con los quejidos del dolor, con el furor de la desesperación; lo he pronunciado helado por el frío, hundido entre la paja de mi ca- labozo, devorado por el calor, revolcándome en las losas de mi mazmorra. Mercedes, es preciso que me vengue, porque durante catorce años he padecido, he llorado, maldecido; ahora, os lo repito, Mercedes, es preciso que me vengue.
Y temiendo ceder a los ruegos de la que tanto había amado, Edmundo llamaba en su socorro a todos los recuerdos de su odio.
-Vengaos, Edmundo -gritó la pobre madre-, vengaos sobre los culpables, sobre él, sobre mí, pero no sobre mi hijo.
-Está escrito en libro santo -respondió Monte- cristo-. «Las faltas de los padres caerán sobre sus hijos, hasta la tercera y cuarta generación.» Puesto que Dios ha dictado estas palabras a su profeta, ¿por qué seré yo mejor que Dios?

-Porque Dios es dueño del  tiempo y de la eternidad, y estas dos cosas escapan a los hom- bres.
Montecristo dio un suspiro que parecía un rugido, y se mesó los cabellos con desespera- ción.
-Edmundo -continuó Mercedes-. Edmundo, desde que os conozco he adorado vuestro nombre, he respetado vuestra memoria. Amigo mío, no endurezcáis la imagen noble y  pura que guardo en mi corazón. ¡Si supieseis los fer- vientes ruegos que he dirigido a Dios mientras os creí vivo y después muerto! Sí, muerto; me parecía ver vuestro cadáver sepultado en  lo más hondo de una sombría torre, creía ver vuestro cuerpo precipitado en uno de aquellos abismos en que los carceleros arrojan a los pri- sioneros muertos, ¡y lloraba...! ¿Qué otra cosa podía yo hacer, Edmundo, sino llorar y orar? Escuchadme: durante diez años he tenido todas las noches el mismo sueño: dijeron que habíais

querido evadiros, que tomasteis el puesto  de uno de los presos que murió, y que arrojaron al vivo desde lo alto de la fortaleza de If; y que el grito que disteis al haceros pedazos contra las rocas lo descubrió todo. Pues bien, os juro, Ed- mundo, por la vida del hijo por quien os implo- ro, que durante diez años esa escena se ha pre- sentado
a mi imaginación todas las noches, y he oído ese grito terrible que me hacía despertar tem- blando, despavorida; ¡y yo también, Edmundo, creedme, yo también, por criminal que sea, yo también he sufrido mucho... !
-¿Habéis perdido vuestro padre estando au- sente? -preguntó Montecristo-, ¿habéis visto a la mujer que amabais dar su mano a vuestro rival mientras os hallabais en un lóbrego cala- bozo?
-No -interrumpió Mercedes-, no; pero he vis- to al hombre que amaba, dispuesto a ser el ma- tador de mi hijo.

Mercedes pronunció estas palabras con un dolor tan intenso y un acento tan desesperado, que un suspiro desgarrador brotó de la gar- ganta del conde.
El león estaba amansado; el vengador, venci- do.
-¿Qué me pedís, que vuestro hijo viva? Pues bien, vivirá.
Mercedes profirió un grito que hizo saltar dos lágrimas de los párpados del conde, pero aque- llas dos lágrimas desaparecieron muy pronto, porque sin duda Dios había enviado un ángel para recogerlas, siendo mucho más preciosas a los ojos del Señor que las más hermosas perlas de Guzarate y de Ofir.
-¡Ah! -dijo Mercedes tomando la mano de Montecristo y llevándola a sus labios-, ¡ah!, gracias, gracias, Edmundo, lo veo cual siempre lo he visto, cual siempre lo he amado: sí, ahora puedo decírtelo.

-Sobre todo, porque el pobre Edmundo no tendrá ya mucho tiempo que hacerse amar de vos.
-¿Qué decís, Edmundo?
-Digo que, puesto que lo ordenáis, es preciso morir.
-¡Morir! ¿Y quién dice eso? ¿Quién habla de morir? ¿De dónde vienen esas ideas de muerte?
No supondréis que  ultrajado  públicamente, en presencia de una sala entera, en presencia de vuestros amigos y de los de vuestro hijo, pro- vocado por un niño, que se enorgullecerá de un perdón como de
una victoria; no supondréis, digo, que me queda un solo instante el deseo de vivir. Des- pués de vos, Mercedes, lo que más he amado es a mí mismo, quiero decir, mi dignidad; esta fuerza que me hace superior a los demás hom- bres, esta fuerza es mi vida. En una palabra, vos la destruís; yo muero.

-Pero este duelo no se efectuará, Edmundo, puesto que me perdonáis.
-Se efectuará, señora -dijo solemnemente Montecristo-; sólo que en lugar de la sangre de vuestro hijo que debía beber la tierra, será la mía la que correrá.
Mercedes dio un gran grito, acercóse a Mon- tecristo, pero de repente se detuvo.
-Edmundo -dijo-, hay un Dios sobre nosotros; puesto que vivís y que os he vuelto a ver, a él me confío de todo corazón; esperando su apo- yo, descanso en vuestra palabra; habéis dicho que mi hijo vivirá. Y vivirá, ¿es verdad?
-Vivirá, sí, señora -dijo Montecristo, sorpren- dido de que sin otra exclamación, sin otra sor- presa, Mercedes hubiese aceptado el sacrificio que le hacía.
Mercedes dio su mano al conde.

-Edmundo -le dijo con los ojos arrasados de lágrimas-, ¡cuán hermosa, cuán grande es la acción que acabáis de hacer! Es sublime haber tenido piedad de una pobre mujer que se pre- sentaba a vos con todas las probabilidades con- trarias a sus esperanzas. ¡Desdichada!, he enve- jecido más a causa de los disgustos que por la edad, y ni siquiera puedo  recordar a mi Ed- mundo con una sonrisa, con una mirada; aque- lla Mercedes que otras veces ha pasado tantas horas contemplándole. Creedme, os he decla- rado que yo también había sufrido mucho, y os lo repito, es muy triste pasar la vida sin un solo goce, sin  conservar  una  sola  esperanza;  pero eso prueba que todo no ha concluido aún sobre la tierra. No, todo no ha terminado, y me lo demuestra lo que me queda aún en el corazón; os lo repito, Edmundo, es hermoso, grande, sublime, perdonar como lo habéis hecho ahora.
-Decís eso, Mercedes, ¿y qué diríais si cono- cieseis la extensión del sacrificio que os hago? Imaginad que el Hacedor Supremo, después de

haber creado el mundo y fertilizado el caos, se hubiese detenido en la tercera parte de la crea- ción, para ahorrar a un ángel las lágrimas que nuestros crímenes debían hacer correr un día de sus ojos inmortales; suponed que después de prepararlo y fecundizarlo todo, en el instan- te de admirar su obra, Dios hubiese apagado el sol, y rechazado con el pie el mundo en la no- che eterna; entonces podréis tener una idea o mejor, no, no, ni aun así podéis tenerla, de lo que yo pierdo, perdiendo la vida en este mo- mento.
Mercedes miró al conde con un aire que reve- laba su admiración y su gratitud. El conde apoyó su frente sobre sus manos, como si no pudiese soportar el peso de sus ideas.
-Edmundo -dijo Mercedes-, sólo me resta una palabra que deciros.
Montecristo se sonrió con tristeza.

-Edmundo -continuó ella-, veréis que si mi frente ha palidecido, si el brillo de mis ojos se ha apagado, si mi hermosura se ha marchitado, que si Mercedes, en fin, no se parece a ella, más que en los
rasgos de su fisonomía, veréis que su corazón es siempre el mismo... Adiós, pues, Edmundo; nada tengo ya que pedir al cielo... Os he vuelto a ver, y os hallo tan noble y grande como otras veces. ¡Adiós, Edmundo, adiós y gracias!
Montecristo no respondió.
Mercedes abrió la puerta del despacho y hab- ía desaparecido antes que él volviese del pro- fundo letargo en que su malograda venganza le había sumido.
Daba la una en el reloj de los Inválidos, cuando el ruido del coche que se llevaba a la señora de  Morcef hizo levantar la cabeza al conde de Montecristo.

-Fui un insensato -dijo- en no haberme arran- cado el corazón el día que juré vengarme.

lunes, 5 de octubre de 2015

Volvamos ahí, a donde no pasa el tiempo, donde se detienen los recuerdos, y donde no entra el pasado, donde la noche se hace eterna y puedo amarte un poco mas, donde las preguntas no necesitan respuestas y donde tus labios me inyectan vida, ese mismo lugar donde nos enamoramos, donde vivimos y aprendimos, que lejos quedo todo eso, no hablo de distancias ,sino de momentos. Juntos caminando entre calles infinitas y amorosas, sin nostalgia, sin despedidas, ahí donde debimos quedarnos siempre, contigo y conmigo, de la mano, soñando sin cerrar los ojos.

viernes, 2 de octubre de 2015

Página 88-90. El amor en los tiempos del Cólera - Gabriel García Márquez

Ni en la primera noche de mala mar, ni en las siguientes de navegación apacible,ni nunca en su muy larga vida matrimonial ocurrieron los actos de barbarie que temía Fermina Daza. La primera, a pesar del tamaño del barco y los lujos del camarote, fue una repetición horrible de la goleta de Riohacha, y su marido fue un médico servicial que no durmió un instante para consolarla, que era lo único que un médico demasiado eminente sabía hacer contra el mareo. Pero la borrasca amainó al tercer día, después del puerto de
la Guayra, y ya para entonces habían estado juntos tanto tiempo y habían hablado tanto que se sentían amigos antiguos. La cuarta noche, cuando ambos reanudaron sus hábitos ordinarios, el doctor Juvenal Urbino se sorprendió de que su joven esposa no rezara antes de dormir. Ella le fue sincera: la doblez de las monjas le había provocado una resistencia contra los ritos, pero su fe estaba intacta, y había aprendido a mantenerla en silencio. Dijo: “Prefiero entenderme directo con Dios”. Él comprendió sus razones, y desde entonces cada cual practicó la misma religión a su manera. Habían tenido un noviazgo breve, pero bastante informal para la época, pues el doctor Urbino la visitaba en su casa, sin vigilancia, todos los días al atardecer. Ella no hubiera permitido que él le tocara ni la yema de los dedos antes de la bendición episcopal, pero tampoco él lo había intentado. Fue en la primera noche de buena mar, ya en la cama pero todavía vestidos,cuando él inició las primeras caricias, y lo hizo con tanto cuidado, que a ella le pareció natural la sugerencia de que se pusiera la camisa de dormir. Fue a cambiarse en el baño,pero antes apagó las luces del camarote, y cuando salió con el camisón embutió trapos en las rendijas de la puerta, para volver a la cama en la oscuridad absoluta. Mientras lo
hacía, dijo de buen humor:

<<Qué quieres, doctor. Es la primera vez que duermo con un desconocido>>.

El doctor Juvenal Urbino la sintió deslizarse junto a él como un animalito azorado,tratando de quedar lo más lejos posible en una litera donde era difícil estar dos sin tocarse. Le cogió la mano, fría y crispada de terror, le entrelazó los dedos, y casi con un
susurro empezó a contarle sus recuerdos de otros viajes de mar. Ella estaba tensa otra vez, porque al volver a la cama se dio cuenta de que él se había desnudado por completo mientras ella estaba en el baño, y esto le revivió el terror del paso siguiente. Pero el paso
siguiente demoró varias horas, pues el doctor Urbino siguió hablando muy despacio,mientras se iba apoderando milímetro a milímetro de la confianza de su cuerpo. Le habló de París, del amor en París, de los enamorados de París que se besaban en la calle, en el ómnibus, en las terrazas floridas de los cafés abiertos al aliento de fuego y los acordeones lánguidos del verano, y hacían el amor de pie en los muelles del Sena sin quenadie los molestara. Mientras hablaba en las sombras, le acarició la curva del cuello con la yema de los dedos, le acarició las pelusas de seda de los brazos, el vientre evasivo, y cuando sintió que la tensión había cedido hizo un primer intento por levantarle el camisón de dormir, pero ella se lo impidió con un impulso típico de su carácter. Dijo: “Yo lo sé hacer sola”. Se lo quitó, en efecto, y luego se quedó tan inmóvil, que el doctor Urbino hubiera creído que ya no estaba ahí, de no haber sido por la resolana de su cuerpo en las tinieblas.

Al cabo de un rato volvió a agarrarle la mano, y entonces la sintió tibia y suelta,pero húmeda todavía de un rocío tierno. Permanecieron otro rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde,mientras la oscuridad iba ensanchándose con su respiración cada vez más intensa.

Él lasoltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo.

Se alegró de estar a oscuras para que él no le viera el rubor abrasante que la estremeció hasta las raíces del cráneo. “Calma -le dijo él, muy calmado-. No se te olvide que las conozco.” La sintió sonreír, y su voz fue dulce y nueva en las tinieblas.

-Lo recuerdo muy bien -dijo-, y todavía no se me pasa la rabia.

Entonces él supo que habían doblado el cabo de la buena esperanza, y le volvió a coger la mano grande y mullida, y se la cubrió de besitos huérfanos, primero el metacarpo áspero, los largos dedos clarividentes, las uñas diáfanas, y luego el jeroglífico de su destino en la palma sudada. Ella no supo cómo fue que su mano llegó hasta elpecho de él, y tropezó con algo que no pudo descifrar. Él le dijo: “Es un escapulario”.

Ella le acarició los vellos del pecho, y luego agarró el matorral completo con los cinco dedos para arrancarlo de raíz. “Más fuerte”, dijo él. Ella lo intentó, hasta donde sabía que no lo lastimaba, y después fue su mano la que buscó la mano de él perdida en las tinieblas.

Pero él no se dejó entrelazar los dedos sino que la agarró por la muñeca y le fue llevandola mano a lo largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal, pero
ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó, incluso al contrario de lo que ella misma hubiera imaginado, no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo de reírse de su propia locura, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado,conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas, asustada de su determinación pero compadecida de su soledad, haciéndolo suyo con una curiosidad minuciosa que alguien menos experto que su esposo hubiera confundido con las caricias.

Él apeló a sus últimas fuerzas para resistir el vértigo del escrutinio mortal, hasta que ella lo soltó con una gracia infantil, como si lo hubiera tirado en la basura.

-Nunca he podido entender cómo es ese aparato -dijo.

Entonces él se lo explicó en serio con su método magistral, mientras le llevaba la mano por los sitios que mencionaba, y ella se la dejaba llevar con una obediencia de alumna ejemplar. Él sugirió en un momento propicio que todo aquello era más fácil con la luz encendida. iba a encenderla, pero ella le detuvo el brazo, diciendo: “Yo veo mejor con las manos”. En realidad quería encender la luz, pero quería hacerlo ella y sin que nadie se lo ordenara, y así fue. Él la vio entonces en posición fetal, y además cubierta con la sábana, bajo la claridad repentina. Pero la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al derecho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que científico, y dijo en conclusión: “Cómo será de feo, que es más feo
que lo de las mujeres”. Él estuvo de acuerdo, y señaló otros inconvenientes más graves que la fealdad. Dijo: “Es como el hijo mayor, que uno se pasa la vida trabajando para él,sacrificándolo todo por él, y a la hora de la verdad termina haciendo lo que le da lagana”. Ella siguió examinándolo, preguntando para qué servía esto, y para qué servía aquello, y cuando se consideró bien informada lo sopesó con las dos manos, para probarse que ni siquiera por el peso valía la pena, y lo dejó caer con un esguince de menosprecio.

-Además, creo que le sobran demasiadas cosas-dijo.

El se quedó perplejo. La propuesta original para su tesis de grado había sido esa: la conveniencia de simplificar el organismo humano. Le parecía anticuado, con muchas funciones inútiles o repetidas que fueron imprescindibles para otras edades del género humano, pero no para la nuestra. Sí: podía ser más simple y por lo mismo menos vulnerable. Concluyó: “Es algo que sólo puede hacer Dios, porsupuesto, pero de todos modos sería bueno dejarlo establecido en términos teóricos”. Ella se rió divertida, de un modo tan natural, que él aprovechó la ocasión para abrazarla y le dio el primer beso en la boca. Ella le correspondió, y él siguió dándole besos muy suaves en las mejillas, en la nariz, en los párpados, mientras deslizaba la mano por debajo de la sábana, y le acarició el pubis redondo y lacio: un pubis de japonesa. Ella no le apartó la mano, pero mantuvo la suya en estado de alerta, por si él avanzaba un paso más.

-No vamos a seguir con la clase de medicina-dijo.


-No -dijo él-. Esta va a ser de amor.

lunes, 28 de septiembre de 2015

La mujer que llegaba a las seis - Gabriel García Márquez

La mujer que llegaba a las seis
(1950)


         La puerta oscilante se abrió. A esa hora no había nadie en el restaurante de José.
         Acababan de dar las seis y el hombre sabia que sólo a las seis y media empezarían a llegar los parroquianos habituales. Tan conservadora y regular era su clientela, que no había acabado el reloj de dar la sexta campanada cuando una mujer entró, como todos los días a esa hora, y se sentó sin decir nada en la alta silla giratoria. Traía un cigarrillo sin encender, apretado entre los labios.
         —Hola reina —dijo José cuando la vio sentarse. Luego caminó hacia el otro extremo del mostrador, limpiando con un trapo seco la superficie vidriada.
         Siempre que entraba alguien al restaurante José hacia lo mismo. Hasta con la mujer con quien había llegado a adquirir un grado de casi intimidad, el gordo y rubicundo mesonero representaba su diaria comedia de hombre diligente. Habló desde el otro extremo del mostrador.
         —¿Qué quieres hoy? —dijo.
         —Primero que todo quiero enseñarte a ser caballero —dijo la mujer.
         Estaba sentada al final de la hilera de sillas giratorias, de codos en el mostrador, con el cigarrillo apagado en los labios. Cuando habló apretó la boca para que José advirtiera el cigarrillo sin encender.
         —No me había dado cuenta —dijo José.
         —Todavía no te has dado cuenta de nada —dijo la mujer.
         El hombre dejó el trapo en el mostrador, caminó hacia los armarios oscuros y olorosos a alquitrán y a madera polvorienta, y regresó luego con las cerillas. La mujer se inclinó para alcanzar la lumbre que ardía entre las manos rústicas y velludas del hombre. José vio el abundante cabello de la mujer, empavonado de vaselina gruesa y barata. Vio su hombro descubierto, por encima del corpiño floreado. Vio el nacimiento del seno crepuscular, cuando la mujer levantó la cabeza, ya con la brasa en los labios.
         —Estás hermosa hoy, reina —dijo José.
         —Déjate de tonterías —dijo la mujer—. No creas que eso me va a servir para pagarte.
         —No quise decir eso, reina —dijo José—. Apuesto a que hoy te hizo daño el almuerzo.
         La mujer tragó la primera bocanada de humo denso, se cruzó de brazos, todavía con los codos apoyados en el mostrador, y se quedó mirando hacia la calle, a través del amplio cristal del restaurante. Tenía una expresión melancólica. De una melancolía hastiada y vulgar.
         —Te voy a preparar un buen bistec —dijo José.
         —Todavía no tengo plata —dijo la mujer.
         —Hace tres mesas que no tienes plata y siempre te preparo algo bueno —dijo José.
         —Hoy es distinto —dijo la mujer, sobriamente, todavía mirando hacia la calle.
         —Todos los días son iguales —dijo José—. Todos los días el reloj marca las seis, entonces entras y dices que tienes un hambre de perro y entonces yo te preparo algo bueno. La única diferencia es ésa que hoy no dices que tienes un hambre de perro, sino que el día es distinto.
         —Y es verdad —dijo la mujer. Se volvió a mirar al hombre que estaba del otro lado del mostrador, registrando la nevera. Estuvo contemplándolo durante dos, tres, segundos.
         Luego miró el reloj, arriba del armario. Eran las seis y tres minutos. «Es verdad, José, hoy es distinto», dijo. Expulsó el humo y siguió hablando con palabras cortas, apasionadas: “Hoy no vine a las seis, por eso es distinto, José”.
         El hombre miró el reloj.
         —Me corto el brazo si ese reloj se atrasa un minuto —dijo.
         —No es eso, José. Es que hoy no vine a las seis —dijo la mujer—. Vine un cuarto para las seis.
         —Acaban de dar las seis, reina —dijo José—. Cuando tú entraste acababan de darlas.
         —Tengo un cuarto de hora de estar aquí —dijo la mujer.
         José se dirigió hacia donde ella estaba.
         Acercó a la mujer su enorme cara congestionada, mientras tiraba con el índice de uno de sus párpados.
         —Sóplame aquí —dijo.
         La mujer echó la cabeza hacia atrás. Estaba seria, fastidiosa, blanda; embellecida por una nube de tristeza y cansancio.
         —Déjate de tonterías, José. Tú sabes que hace más de seis meses que no bebo.
         —Eso se lo vas a decir a otro —dijo—. A mí no. Te apuesto a que por lo menos se han tomado un litro entre dos.
         —Me tomé dos tragos con un amigo —dijo la mujer.
         —Ah; entonces ahora me explico —dijo José.
         —Nada tienes que explicarte —dijo la mujer—. Tengo un cuarto de hora de estar aquí.
         El hombre se encogió de hombros.
         —Bueno, si así lo quieres, tienes un cuarto de hora de estar aquí. Después de todo a nadie le importa nada diez minutos más o diez minutos menos.
         —Sí importan, José —dijo la mujer. Y estiró los brazos por encima del mostrador, sobre la superficie vidriada, con un aire de negligente abandono. Dijo: “Y no es que yo lo quiera, es que hace un cuarto de hora que estoy aquí”. Volvió a mirar el reloj y rectificó: “Qué digo; ya tengo veinte minutos.”
         —Está bien, reina —dijo el hombre—. Un día entero con su noche te regalaría yo para verte contenta.
         Durante todo este tiempo José había estado moviéndose detrás del mostrador, removiendo objetos, quitando una cosa de un lugar para ponerla en otro. Estaba en su papel.
         —Quiero verte contenta —repitió. Se detuvo bruscamente, volviéndose hacia donde estaba la mujer.
         —¿Tú sabes que te quiero mucho? —dijo.
         La mujer lo miró con frialdad.
         —¿Siii...? ¡Qué descubrimiento, José! ¿Crees que me quedaría contigo por un millón de pesos?
         —No he querido decir eso, reina —dijo José—. Vuelvo a apostar a que te hizo daño el almuerzo.
         —No te lo digo por eso —dijo la mujer. Y su voz se volvió menos indolente—. Es que ninguna mujer soportaría una carga como la tuya ni por un millón de pesos.
         José se ruborizó. Le dio la espalda a la mujer y se puso a sacudir el polvo en las botellas del armario. Habló sin volver la cara.
         —Estás insoportable hoy, reina. Creo que lo mejor es que te comas el bistec y te vayas a acostar.
         —No tengo hambre —dijo la mujer.
         Se quedó mirando otra vez la calle, viendo los transeúntes turbios de la ciudad atardecida. Durante un instante hubo un silencio turbio en el restaurante. Una quietud interrumpida apenas por el trasteo de José en el armario. De pronto la mujer dejó de mirar hacia la calle y habló con la voz apagada, tierna, diferente.
         —¿Es verdad que me quieres, Pepillo?
         —Es verdad —dijo José, en seco sin mirarla.
         —¿A pesar de lo que te dije? —dijo la mujer.
         —¿Qué me dijiste? —dijo José, todavía sin inflexiones en la voz, todavía sin mirarla.
         —Lo del millón de pesos —dijo la mujer.
         —Ya lo había olvidado —dijo José.
         —Entonces, ¿me quieres? —dijo la mujer.
         —Sí —dijo José.
         Hubo una pausa. José siguió moviéndose con la cara revuelta hacia los armarios, todavía sin mirar a la mujer. Ella expulsó una nueva bocanada de humo, apoyó el busto contra el mostrador y luego, con cautela y picardía, mordiéndose la lengua antes de decirlo, como si hablara en puntillas:
         —¿Aunque no me acueste contigo? —dijo.
         Y sólo entonces José volvió a mirarla:
         —Te quiero tanto que no me acostaría contigo —dijo.
         Luego caminó hacia donde ella estaba. Se quedó mirándola de frente, los poderosos brazos apoyados en el mostrador, delante de ella, mirándola a los ojos. Dijo:
         —Te quiero tanto que todas las tardes mataría al hombre que se va contigo.
         En el primer instante la mujer pareció perpleja. Después miró al hombre con atención, con una ondulante expresión de compasión y burla. Después guardó un breve silencio, desconcertada. Y después rió, estrepitosamente.
         —Estás celoso, José. ¡Qué rico, estás celoso!
         José volvió a sonrojarse con una timidez franca, casi desvergonzada, como le habría ocurrido a un niño a quien le hubieran revelado de golpe todos los secretos. Dijo:
         —Esta tarde no entiendes nada, reina.
         Y se limpió el sudor con el trapo. Dijo:
         —La mala vida te está embruteciendo.
         Pero ahora la mujer había cambiado de expresión. “Entonces no”, dijo. Y volvió a mirarlo a los ojos, con un extraño esplendor en la mirada, a un tiempo acongojada y desafiante.
         —Entonces, no estás celoso. En cierto modo, sí —dijo José—. Pero no es como tú dices.
         Se aflojó el cuello y siguió limpiándose, secándose la garganta con el trapo.
         —¿Entonces? —dijo la mujer.
         —Lo que pasa es que te quiero tanto que no me gusta que hagas eso —dijo José.
         —¿Qué? —dijo la mujer.
         —Eso de irte con un hombre distinto todos los días —dijo José.
         —¿Es verdad que lo matarías para que no se fuera conmigo? —dijo la mujer.
         —Para que no se fuera, no —dijo José—. Lo mataría porque se fuera contigo.
         —Es lo mismo —dijo la mujer.
         La conversación había llegado a densidad excitante. La mujer hablaba en voz baja, suave, fascinada. Tenía la cara casi al rostro saludable y pacífico del hombre, que permanecía inmóvil, como hechizado por el vapor de las palabras.
         —Todo eso es verdad —dijo José.
         —Entonces —dijo la mujer, y extendió la mano para acariciar el áspero brazo del hombre. Con la otra mano arrojó la colilla—. Entonces, ¿tú eres capaz de matar a un hombre?
         —Por lo que te dije, sí —dijo José. Y su voz tomó una acentuación casi dramática.
         La mujer se echó a reír convulsivamente, con una abierta intención de burla.
         —¡Qué horror!, José. ¡Qué horror! —dijo, todavía riendo—. José matando a un hombre. ¡Quién hubiera dicho que detrás del señor gordo y santurrón, que nunca me cobra, que todos los días me prepara un bistec y que se distrae hablando conmigo hasta cuando encuentro un hombre, hay un asesino! ¡Qué horror, José! ¡Me das miedo!
         José estaba confundido. Tal vez sintió un poco de indignación. Tal vez, cuando la mujer se echó a reír, se sintió defraudado.
         —Estás borracha, tonta —dijo—. Vete a dormir. Ni siquiera tendrás ganas de comer nada.
         Pero la mujer, ahora había dejado de reír y estaba otra vez seria, pensativa, apoyada en el mostrador. Vio alejarse al hombre. Lo vio abrir la nevera y cerrarla otra vez, sin extraer nada de ella. Lo vio moverse después hacia el extremo opuesto del mostrador. Lo vio frotar el vidrio reluciente, como al principio. Entonces la mujer habló de nuevo, con el tono enternecedor y suave de cuando dijo:
         —¿Es verdad que me quieres, Pepillo? José —dijo. El hombre no la miró.
         —¡José!
         —Vete a dormir —dijo José—. Y métete un baño antes de acostarte para que se te serene la borrachera.
         —En serio, José —dijo la mujer—. No estoy borracha.
         —Entonces te has vuelto bruta —dijo José.
         —Ven acá, tengo que hablar contigo —dijo la mujer.
         El hombre se acercó tambaleando entre la complacencia y la desconfianza.
         —¡Acércate!
         El hombre volvió a pararse frente a la mujer. Ella se inclinó hacia adelante, lo asió fuertemente por el cabello, pero con un gesto de evidente ternura.
         —Repíteme lo que me dijiste al principio —dijo.
         —¿Qué? —dijo José. Trataba de mirarla con la cabeza agachada asido por el cabello.
         —Que matarías a un hombre que se acostara conmigo —dijo la mujer.
         —Mataría a un hombre que se hubiera acostado contigo, reina. Es verdad —dijo José.
         La mujer lo soltó.
         —¿Entonces me defenderías si yo lo matara? —dijo, afirmativamente, empujando con un movimiento de brutal coquetería la enorme cabeza de cerdo de José.
         El hombre no respondió nada; sonrió.
         —Contéstame, José —dijo la mujer—. ¿Me defenderías si yo lo matara?
         —Eso depende —dijo José—. Tú sabes que eso no es tan fácil como decirlo.
         —A nadie le cree más la policía que a ti —dijo la mujer.
         José sonrió, digno, satisfecho. La mujer se inclinó de nuevo hacia él, por encima del mostrador.
         —Es verdad, José. Me atrevería a apostar que nunca has dicho una mentira —dijo.
         —No se saca nada con eso —dijo José.
         —Por lo mismo —dijo la mujer—. La policía lo sabe y te cree cualquier cosa sin preguntártelo dos veces.
         José se puso a dar golpecitos en el mostrador, frente a ella, sin saber qué decir. La mujer miró nuevamente hacia la calle. Miró luego el reloj y modificó el tono de su voz, como si tuviera interés en concluir el diálogo antes de que llegaran los primeros parroquianos.
         —¿Por mí dirías una mentira, José? —dijo—. En serio.
         Y entonces José se volvió a mirarla, bruscamente, a fondo, como si una idea tremenda se le hubiera agolpado dentro de la cabeza. Una idea que entró por un oído, giró por un momento, vaga, confusa, y salió luego por el otro, dejando apenas un cálido vestigio de pavor.
         —¿En qué lío te has metido, reina? —dijo José.
         Se inclinó hacia adelante, los brazos otra vez cruzados sobre el mostrador. La mujer sintió el vaho fuerte y un poco amoniacal de su respiración, que se hacía difícil por la presión que ejercía el mostrador contra el estómago del hombre.
         —Esto sí es en serio, reina. ¿En qué lío te has metido? —dijo.
         La mujer hizo girar la cabeza hacia el otro lado.
         —En nada —dijo—. Sólo estaba hablando por entretenerme.
         Luego volvió a mirarlo.
         —¿Sabes que quizás no tengas que matar a nadie?
         —Nunca he pensado matar a nadie —dijo José desconcertado.
         —No, hombre —dijo la mujer—. Digo que a nadie que se acueste conmigo.
         —¡Ah! —dijo José—. Ahora sí que estás hablando claro. Siempre he creído que no tienes necesidad de andar en esa vida. Te apuesto a que si te dejas de eso te doy el bistec más grande todos los días, sin cobrarte nada.
         —Gracias, José —dijo la mujer—. Pero no es por eso. Es que ya no podré acostarme con nadie.
         —Ya vuelves a enredar las cosas —dijo José.
         Empezaba a parecer impaciente.
         —No enredo nada —dijo la mujer.
         Se estiró en el asiento y José vio sus senos aplanados y tristes debajo del corpiño.
         —Mañana me voy y te prometo que no volveré a molestarte nunca.  Te prometo que no volveré a acostarme con nadie.
         —¿Y de dónde te salió esa fiebre? —dijo José.
         —Lo resolví hace un rato —dijo la mujer—. Sólo hace un momento me di cuenta de que eso es una porquería.
         José agarró otra vez el trapo y se puso a frotar el vidrio, cerca de ella. Habló sin mirarla. Dijo:
         —Claro que como tú lo haces es una porquería. Hace tiempo que debiste darte cuenta.
         —Hace tiempo me estaba dando cuenta —dijo la mujer—. Pero sólo hace un rato acabé de convencerme. Les tengo asco a los hombres.
         José sonrió. Levantó la cabeza para mirar, todavía sonriendo, pero la vio concentrada, perpleja, hablando, y con los hombros levantados; balanceándose en la silla giratoria, con una expresión taciturna, el rostro dorado por una prematura harina otoñal.
         —¿No te parece que deben dejar tranquila a una mujer que mate a un hombre porque después de haber estado con él siente asco de ése y de todos los que han estado con ella?
         —No hay para qué ir tan lejos —dijo José, conmovido, con un hilo de lástima en la voz.
         —¿Y si la mujer le dice al hombre que le tiene asco cuando lo ve vistiéndose, por qué se acuerda que ha estado revolcándose con él toda la tarde y siente que ni el jabón ni el estropajo podrán quitarle su olor?
         —Eso pasa, reina —dijo José, ahora un poco indiferente, frotando el mostrador—. No hay necesidad de matarlo. Simplemente dejarlo que se vaya.
         Pero la mujer seguía hablando y su voz era una corriente uniforme, suelta, apasionada.
         —¿Y si cuando la mujer le dice que le tiene asco, el hombre deja de vestirse y corre otra vez para donde ella, a besarla otra vez, a...?
         —Eso no lo hace ningún hombre decente —dijo José.
         —¿Pero, y si lo hace? —dijo la mujer, con exasperante ansiedad—. ¿Si el hombre no es decente y lo hace y entonces la mujer siente que le tiene tanto asco que se puede morir, y sabe que la única manera de acabar con toda eso es dándole una cuchillada por debajo?
         —Esto es una barbaridad —dijo José—. Por fortuna no hay hombre que haga lo que tú dices.
         —Bueno —dijo la mujer, ahora completamente exasperada—. ¿Y si lo hace? Suponte que lo hace.
         —De todos modos no es para tanto —dijo José. Seguía limpiando el mostrador, sin cambiar de lugar, ahora menos atento a la conversación.
         La mujer golpeó el vidrio con los nudillos. Se volvió afirmativa, enfática.
         —Eres un salvaje, José —dijo—. No entiendes nada.
         Lo agarró con fuerza por la manga.
         —Anda, di que sí debía matarlo la mujer.
         —Está bien —dijo José, con un sesgo conciliatorio—. Todo será como tú dices.
         —¿Eso no es defensa propia? —dijo la mujer, sacudiéndole por la manga.
         José le echó entonces una mirada tibia y complaciente. “Casi, casi”, dijo. Y le guiñó un ojo, en un gesto que era al mismo tiempo una comprensión cordial y un pavoroso compromiso de complicidad. Pero la mujer siguió seria; lo soltó.
         —¿Echarías una mentira para defender a una mujer que haga eso? —dijo.
         —Depende —dijo José.
         —¿Depende de qué? —dijo la mujer.
         —Depende de la mujer —dijo José.
         —Suponte que es una mujer que quieres mucho —dijo la mujer—. No para estar con ella, ¿sabes?, sino como tú dices que la quieres mucho.
         —Bueno, como tú quieras, reina —dijo José, laxo, fastidiado.
         Otra vez se alejó. Había mirado el reloj. Había visto que iban a ser las seis y media. Había pensado que dentro de unos minutos el restaurante empezaría a llenarse de gente y tal vez por eso se puso a frotar el vidrio con mayor fuerza, mirando hacia la calle a través del cristal de la ventana. La mujer permanecía en la silla, silenciosa, concentrada, mirando con un aire de declinante tristeza los movimientos del hombre. Viéndolo, como podría ver un hombre una lámpara que ha empezado a apagarse. De pronto, sin reaccionar, habló de nuevo, con la voz untuosa de mansedumbre.
         —¡José!
         El hombre la miró con una ternura densa y triste, como un buey maternal. No la miró para escucharla, apenas para verla, para saber que estaba ahí, esperando una mirada que no tenía por qué ser de protección o de solidaridad. Apenas una mirada de juguete.
         —Te dije que mañana me voy y no me has dicho nada —dijo la mujer.
         —Si —dijo José—. Lo que no me has dicho es para donde.
         —Por ahí —dijo la mujer—. Para donde no haya hombres que quieran acostarse con una.
         José volvió a sonreír.
         —¿En serio te vas? —preguntó, como dándose cuenta de la vida, modificando repentinamente la expresión del rostro.
         —Eso depende de ti —dijo la mujer—. Si sabes decir a qué hora vine, mañana me iré y nunca más me pondré en estas cosas. ¿Te gusta eso?
         José hizo un gesto afirmativo con la cabeza, sonriente y concreto. La mujer se inclinó hacia donde él estaba.
         —Si algún día vuelvo por aquí, me pondré celosa cuando encuentre otra mujer hablando contigo, a esta hora y en esa misma silla.
         —Si vuelves por aquí debes traerme algo —dijo José.
         —Te prometo buscar por todas partes el osito de cuerda, para traértelo —dijo la mujer.
         José sonrió y pasó el trapo por el aire que se interponía entre él y la mujer, como si estuviera limpiando un cristal invisible. La mujer también sonrió, ahora con un gesto de cordialidad y coquetería. Luego el hombre se alejó, frotando el vidrio hacia el otro extremo del mostrador.
         —¿Qué? —dijo José, sin mirarla.
         —¿Verdad que a cualquiera que te pregunta a qué hora vine le dirás que a un cuarto para las seis? —dijo la mujer.
         —¿Para qué? —dijo José, todavía sin mirarla y ahora como si apenas la hubiera oído.
         —Eso no importa —dijo la mujer—. La cosa es que lo hagas.
         José vio entonces al primer parroquiano que penetró por la puerta oscilante y caminó hasta una mesa del rincón. Miró el reloj. Eran las seis y media en punta.
         —Está bien, reina —dijo distraídamente—. Como tú quieras. Siempre hago las cosas como tú quieras.
         —Bueno —dijo la mujer—. Entonces, prepárame el bistec.
         El hombre se dirigió a la nevera, sacó un plato con carne y lo dejó en la mesa. Luego encendió la estufa.
         —Te voy a preparar un buen bistec de despedida, reina —dijo.
         —Gracias, Pepillo —dijo la mujer.
         Se quedó pensativa como si de repente se hubiera sumergido en un submundo extraño, poblado de formas turbias, desconocidas. No se oyó, del otro lado del mostrador, el ruido que hizo la carne fresca al caer en la manteca hirviente. No oyó, después, la crepitación seca y burbujeante cuando José dio vuelta al lomillo en el caldero y el olor suculento de la carne sazonada fue saturando, a espacios medidos, el aire del restaurante. Se quedó así, concentrada, reconcentrada hasta cuando volvió a levantar la cabeza, pestañeando, como si regresara de una muerte momentánea. Entonces vio al hombre que estaba junto a la estufa, iluminado por el alegre fuego ascendente.
         —Pepillo. Ah. ¿En qué piensas? —dijo la mujer.
         —Estaba pensando si podrás encontrar en alguna parte el osito de cuerda —dijo José.
         —Claro que sí —dijo la mujer—. Pero lo que quiero que me digas es si me darás toda lo que te pidiera de despedida.
         José la miró desde la estufa.
         —¿Hasta cuándo te lo voy a decir? —dijo—. ¿Quieres algo más que el mejor bistec?
         —Sí —dijo la mujer.
         —¿Qué? —dijo José.
         —Quiero otro cuarto de hora.
         José echó el cuerpo hacia atrás, para mirar el reloj. Miró luego al parroquiano que seguía silencioso, aguardando en el rincón, y finalmente a la carne, dorada en el caldero. Sólo entonces habló.
         —En serio que no entiendo, reina —dijo.
         —No seas tonto, José —dijo la mujer—. Acuérdate que estoy aquí desde las cinco y media.

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